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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

viernes, 26 de febrero de 2016

Capítulo 31: Cerrando círculos


Capítulo 31: Cerrando círculos.


Pov Bella:

—¿Has tomado las vitaminas?
—Sí.
—¿Y el antinflamatorio?
—También.
—¿Te ha vuelto a doler la herida?
—No desde hace una semana.
—¿Comiste la avena con proteína?
—En el desayuno.
—¿Y la fruta?
—Como cada mañana.
—¿Segura que no te duele?
—¡Edward! —se sobresaltó ante mi grito. Respiré hondamente.
—De verdad que voy a estar bien. He seguido al pie de la letra lo que me recetó tu padre y Mónica. Llevo una semana entera sin ningún dolor y sin ninguna molestia. No me pasará nada.
Se acercó a mí con paso vacilante.

—Sólo quiero estar seguro.
Extendí mis brazos hacia él y lo abracé con fuerza.
—Puedes ir a trabajar en calma. Si me encuentro mínimamente mal te llamaré.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Me besó con ternura por un largo tiempo.
Sabía que era normal que se preocupase por mi salud, a pesar de que no había tenido malos síntomas desde que salí del hospital. Su semana de vacaciones había terminado y debía volver al trabajo, idea que no le agradaba para nada.
Controlaba durante todo el día mis comidas y que me tomase las medicinas a la hora adecuada. Sus buenos cuidados me habían hecho ganar dos kilos en tan sólo una semana. ¡Toda una barbaridad!
Si me descuidaba más terminaría rodando por las escaleras.

—Venga vete ya o llegaras tarde.
—Podría pedir una semana más.
—Sabes que no es necesario. Prefiero que guardes esos días para cuando nazca el bebé.
—Está bien. Así será. Aunque aún falta mucho tiempo.
—Después agradecerás todo este tiempo de silencio y tranquilidad.
Depositó un beso en la cima de mi vientre haciéndome estremecer.
—Os extrañaré. —¿Podía haber algo más tierno?
—Y nosotros a ti.
Después de otra sesión de besos y carantoñas decidió que ya era suficiente, o el reloj le informó de que llegaría tarde, y se marchó con muy pocas ganas.
Tenía intención de aprovechar la mañana para arreglar un poco la casa y salir a dar mi paseo diario, aunque la idea de volver a meterme en la cama era demasiado jugosa como para ignorarla. Decidí que saldría a pasear después de dormir un ratito más.

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Mi “ratito más” se convirtió en cuatro horas y me desperté sobresaltada al ver la hora en el reloj despertador que tenía en la mesilla. Los medicamentos me dejaban un poco grogui y siempre me producían muchísimo sueño. Como consecuencia ahora debía de levantarme corriendo para preparar la comida y salir con Honey.
Justo cuando estaba buscando mi delantal de cocina decidí que lo mejor sería salir a la calle y comer algo fuera. Edward no llegaría hasta pasadas las seis por lo que no necesitaba preparar una comida hasta más tarde. Preferí guardar fuerzas para hacerle una elaborada cena.
Le coloqué el arnés a Honey, quien mi idea de salir a la calle le pareció fabulosa, y salí hacia el cruce que había entre North Sedgwick Street, North Lincoln Avenue y West Armitage Avenue donde sabía que encontraría varios restaurantes.

Primero decidí caminar por North Sedgwick Street para que Honey no se aburriera. Esa calle estaba llena de árboles y frondosa naturaleza rodeando las casas adosadas, lo que me producía paz.
Media hora después acabé en una pequeña hamburguesería que ofrecía comida casera y cerveza —descarté lo último— a muy buen precio. Fue bastante gracioso comer mi hamburguesa mientras camina con Honey dando saltitos a mí alrededor.
Mi idea principal había sido salir a Lincoln Park u Oz Park a pasar la tarde pero aún me aterraba demasiado la idea de encontrarme con Ethan —ya que sabía que acostumbraba a frecuentar esos parques—. No estaba preparada para volver a hablar con él aunque sabía que debía hacerlo, sobre todo para que me dijese el lugar exacto de dónde había puesto los micrófonos —o quien sabe alguna cámara— dentro de casa.

Junto con Edward encontramos uno en un lateral de la nevera, otro pegado en uno de los cuadros que adornaban el salón y otro en el pie de la lámpara situaba sobre la mesilla de noche.
Rebuscar la casa no fue una tarea fácil y el enfado de Edward iba en aumento cada vez que encontrábamos un nuevo micrófono de un tamaño ridículamente pequeño. Estaba tan enfadado que quiso denunciarlo de inmediato pero yo, por cobardía o cansancio, se lo impedí. Estaba exhausta de los problemas. De la policía y los hospitales. Denunciar a Ethan nos hubiera deparado otras largas semanas de juicios, abogados y papeleo. Mis fuerzas no darían abasto.

Estaba decidida a llamar a Ethan para que viniese a casa a quitar todas sus trampas. No quería que Edward estuviera presente o sabía a ciencia cierta que habría una pelea asegurada. Tampoco era tan tonta como para llamarlo y esperarlo yo sola —tampoco sabía cómo sería capaz de reaccionar yo—, por lo que le pediría a Emmet o Jasper que estuvieran presentes. Sólo esperaba que no se dieran cuenta de algo y exigieran una explicación más que razonable.
La vuelta de Edward al trabajo me daba la opción perfecta para mi plan. En un par de días debería de enfrentarme nuevamente al que creí que era mi mejor amigo.

Otro de los motivos por los que estaba posponiendo verlo era que quería restablecer mis fuerzas y no exponer al bebé a alteraciones innecesarias. Debido al continuo estrés que sentí y a los desmayos su situación era delicada y yo no haría nada que lo perjudicara mucho más. Debía tomar ácido fólico, hierro y calcio durante todo el embarazo para fortalecerme y fortalecer al bebé y evitar cualquier problema durante la gestación. La idea de coger peso todavía se me hacía un poco complicada —no por mí sino por mi metabolismo— y tampoco quería inflarme a calorías vacías, azúcares y grasas para nada beneficiosas durante el embarazo. Seguramente mi ginecóloga acabaría dándome una dieta adecuada a mi situación.

Sobre las tres de la tarde di media vuelta en dirección a casa. Me quedé un par de minutos embotada en medio de la acera viendo el cartel amarillo y verde del Subway que había en la rotonda y recordando aquella tarde de no hace tantos días en la que encontré a Tanya en su coche rojo. Estaba segura de que el chico que iba en el asiento del copiloto el cual no giró la cabeza en ningún momento había sido Ethan. Ahora que lo pensaba con mucha más tranquilada me acordaba de los detalles. Su pelo rubio que brillaba con el sol. Corto y un poco despeinado hacia un lateral. Siempre pensé en el estilo aniñado que tenía. Sus ojos azules le daban un toque más suave y confiable. Muy diferente a quien era en realidad.

No sabía a ciencia cierta si conocía a Tanya desde antes. Ya no podía fiarme de sus palabras. Tal vez él fue otro títere de ella y su papel fue estar en el momento y lugar precisos para encontrarme y hacerme creer que estaba ayudándome. Si lo pensaba bien todo tenía más lógica ahora. Tanya me llevó al cementerio a la fuerza para contarme lo de Nathalie de manera brusca, ella sabría que eso me afectaría muchísimo. Ethan sólo debía de estar ahí esperando a que yo saliera para fingir consolarme y convertirse en mi amigo. Otro engaño más que me hacía desconfiar de todos los que me rodeaban. La mejor solución sería no conocer a nuevas personas lo que me llevaba a mantener un poco alejada a Mónica, quien a pesar de haberme ayudado mucho no sabía si también formaba parte del elaborado plan de Tanya.

En un par de días llegaría a casa la confirmación de la denuncia que le puse a Tanya lo que me llevaría a tener que ir de nuevo al juzgado para firmar los papeles, dar mi declaración frente al juez y aceptar la orden de alejamiento que tanto Edward como Carlisle habían insistido en que hiciera. No era que quisiese negarme sólo que me parecía absurdo. Un papel no me alejaría de ella ni detendría sus planes. Si estaba tramando hacerme algo lo último que la frenaría sería un papel sin valor alguno. La denuncia tampoco me dejaba más tranquila ya que según la ley si Tanya volvía a amenazarme verbal o por escrito entraría a prisión por un máximo de seis meses. Tanya no era estúpida y estaba segura de que conocía cada ley a la perfección para no cometer ningún error. Ella sabía que una sola amenaza no la llevaría más que una noche entre rejas. Edward se había encargado de darle al agente que llevaba nuestro caso las dos notas que nos dejó, la del coche y la del restaurante, pero le habían dicho que con la del coche poco podían que hacer ya que no había una amenaza en sí sino una descripción superficial de los hechos. El único aparte de nosotros que vio el estado del coche fue el mecánico y el chico de la grúa pero no eran testigos como tales ya que para ellos no era más que un común caso de vandalismo. Sus iniciales no servían de mucho ya que podían designar muchos otros nombres diferentes. Ninguna de las notas tenía alguna de sus huellas lo que hacía mucho más complicado todo.

Ella habría podido ir a prisión por un máximo de seis años si en las notas me hubiera amenazado de muerte, lo cual no había hecho. Eso corroboraba más mi teoría de que todo lo hacía con una trama bien estudiada. Tanya no daba un paso sin pensar en las consecuencias que traería.
La nota del restaurante la relacionaba más con ella porque en su partida de nacimiento estaba estipulado que tenía un parentesco con un Charlie, aunque por supuesto ponía Charlie Swan y no Denalí lo que nos llevaba a pensar en qué momento logró cambiar su apellido antes de ser mayor de edad, ya que cuando nosotros la conocimos con dieciséis años ella ya portaba el apellido de soltera de su madre. Tal vez logró convencer a las personas del registro para que la ayudaran basándose en la enfermedad de su madre. Hasta donde sabíamos ella prácticamente perdió la cabeza debido al abandono de mi padre y al alcohol.

Nos dijeron que si encontraban algo más nos avisarían pero que no podían hacer mucho más por ayudarnos. Así como sonaba de bien era de segura nuestra situación.
Ahora Tanya estaría mucho más enfadada que al principio debido a su corto paso por prisión y aunque no habíamos vuelto a saber de ella yo ya me temía sus desapariciones. Siempre se tomaba un tiempo para recolectar información, adeptos y lograr una trama que no dejase huellas y que nos pillase completamente desprevenidos.
La orden de alejamiento no le permitía acercarse a mí a menos de cuatrocientos metros. Si lo hacía, y yo era consciente de ello, debía marcar el número uno en mi móvil y un agente acudiría lo más pronto posible.
<<Lo más pronto posible>>.
No podía dejar de reír estupefacta cuando me dijeron esa frase. ¿Y si Tanya lograba alcanzarme antes de que un agente pudiese llegar <<lo más pronto posible>>?, ¿debía atacarla con mi orden de alejamiento? Era tan patético. Ni siquiera una de esas modernas pulseras que les ponían a ciertas personas con dicha orden lograría ayudarme.

No sabía en qué podía acabar esta situación y esperaba con anhelo que Tanya no lograse encontrar nuevas maneras de dañarme o nuevos adeptos para su grupo que lograse poner en mi contra. No encontraba la solución o la manera de hacerla entrar en razón de que yo no tenía la culpa de nada de lo que mi padre le hizo a su madre. Ni siquiera mi padre tenía la culpa. Él se enamoró de otra persona y decidió entablar una familia sin pensar en las consecuencias. De todas maneras si pudiese volver a hablar con él le diría que pensara mejor en sus movimientos. Una Tanya de cinco o siete años, ni siquiera más mayor, tenía la culpa de sus decisiones. Ella buscaba amor paternal y Charlie nunca supo dárselo. Por un lado la comprendía. No me imagino una infancia peor que sin amor. Te vuelves fría y calculadora, tal y como era Tanya.

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Vi el titileo rojo del contestador nada más entrar en casa. Alguien debía de haber llamado mientras estaba fuera. Le quité el arnés a Honey, quien salió corriendo a la cocina a beber agua, tropezándose con la consola de la entrada y derrapando antes de pasar por la puerta corredera de la cocina.
Reí sin parar mientras pulsaba el botón. La voz que escuché me quitó la sonrisa de la cara.
<<Hola Isabella, soy Michael Newton. He intentado ponerme en contacto contigo desde hace unos cuantos días pero la empresa ha estado patas arriba por un largo tiempo. Bueno, no entraré en detalles aburridos. Sólo llamaba para recordarte que tienes que pasar a por tu finiquito y a firmar el despido. Siento que las cosas hayan acabado de esta manera tan brusca. Creo que sería aconsejable que hablásemos algún día de estos. Un saludo>>.

Vaya, ni siquiera me había acordado de Michael y de la pérdida del trabajo. Algo que me había preocupado tantísimo hace semanas ahora carecía de completa importancia. Michael y su empresa ya no significaban nada en mi vida, en realidad nunca lo hizo. Sólo lo utilicé como una medida de escape. Una distracción para no caer en la locura en la que se estaba convirtiendo mi vida y el caos que Tanya estaba provocando en ella.
No se me había pasado por la cabeza buscar otro trabajo. Quería ayudar a Edward y así evitar que tuviera que echar horas extras para tener un mejor sueldo pero por otra parte la delicadeza de mi embarazo me dejaba pocas opciones. Necesitaba un trabajo tranquilo que no me provocase demasiado estrés y con el que tuviera tiempo suficiente para descansar cuando lo necesitara o, aunque esperaba que no, tomarme algunos días libres si las cosas se ponían complicadas. De todas maneras no sabía si alguna empresa estaría muy dispuesta a contratar a una embarazada.

Buscaría algo por internet. A lo mejor hasta lograba encontrar algo que hacer desde casa. Esa sería una idea estupenda. Necesitaba ingresos extra para empezar a planear la boda.
Quise gritar por un segundo ante esa palabra.
La boda era algo que me mantenía en una emoción constante y que hacía mi corazón latir con fuerza. No veía el momento de probarme un hermoso vestido blanco y de unirme por fin con Edward de manera definitiva.
A él no le importaba esperar y que hiciéramos todo con calma, pero yo me sentía frenética y ansiosa por empezar ya con los preparativos. Quería que la boda se celebrase antes del nacimiento del bebé y de que mi abdomen creciera tanto que me sería difícil moverme.
Ya me encargaría de llamar a Rosalie y Alice para que me ayudasen. Con ellas sería muchísimo más fácil.

No estaba segura de si ir o no a la empresa Newton. El finiquito no sería muy alto y es algo con lo que podría sobrevivir. Por otro lado, un aporte de dinero extra para meterlo en mi bote de ahorros para la boda me vendría de lujo.
Me tomaría unos días para pensarlo.
No me expondría a situaciones estresantes demasiado pronto. Primero ganaría fuerza y dejaría que el bebé saliera de la zona de riesgo para empezar a encausar mi vida. Me tomaría estos días para descansar, tanto física como mentalmente, en ir planeando la boda y en Edward. Él también necesitaba un descanso mental y dejar de lado todas las preocupaciones que le quitaban el sueño. Estaba pensando en hacer una pequeña escapada de fin de semana. Una cabaña en el bosque o una casa rural. Lugares que nos ayudasen a desconectar, relajarnos y reforzar nuestro amor.
Decidí buscar alguna oferta en la web.

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—Huele bien aquí dentro —Edward absorbió el aroma penetrante de la cocina.
—Espero que te guste.
Depositó un beso en mi hombro y otro en mi mejilla desde atrás. No pude girarme inmediatamente porque estaba ensimisma en dorar el pollo al punto justo.
—No es así como se saluda a una mujer que ha estado esperándote por horas, que además está embarazada y es tu prometida —le dije cuando acabé con la primera tanda de frituras.
Lo pillé picoteando las patatas. Me sonrió y se acercó nuevamente a mí.
—¿Y qué tanto me ha extrañado mi prometida embarazada?
—Lo suficiente para preparar tu comida favorita —me colgué de su cuello cuando lo tuve lo bastante cerca.
—¿Pollo General Tso?
—Punto para ti. Sé que no te gusta mucho el arroz así que decidí hacer mi propia receta y lo comeremos con patatas.
—Suena tan bien como huele.
Me besó, al fin, con todo el ímpetu que yo estaba deseando.

—Eso está mejor.
—¿Cómo ha estado tu día hoy?, ¿y el bebé?
—Un poco aburrido pero tranquilo. He dado un largo paseo con Honey —me miró con reproche—. Ya sé que me dijiste que no saliera mucho, pero me muero si me tengo que quedar en casa toda la tarde. No he ido muy lejos de todas maneras.
—Mientras no te sobre esfuerces no hay problema.
—Salir y caminar me sienta bien y al bebé también. No he sentido ninguna molestia hoy.
—¿Y las vitaminas?
—He tomado todo a la hora adecuada.
Me sonrió encantadoramente y volvió a depositar sus labios sobre los míos. Me mantuve pegada a él todo lo que pude, disfrutando al máximo posible. Sabía que si no me detenía en este momento acabaríamos formando un desastre delante del pollo.

Con todo el lío que tuvimos una semana atrás y lo resentida que ha estado mi salud nos vimos obligados a no mostrarnos demasiado cariñosos por un tiempo. No habíamos hecho el amor desde que me pidió matrimonio.
Consecuencia: dos insatisfechos sexuales que no veían la hora de meterse corriendo en la cama.
No es que estuviera tan mal como para impedírselo pero nos volvimos un poco paranoicos con el tema del bebé e intentábamos evitar a toda costa emociones fuertes.
Le había prácticamente rogado para que cambiase de parecer. Incluso le prometí que nos lo tomaríamos con calma, pero él estaba más cabezota que nunca. Juró no volver a tocarme hasta que el bebé estuviera fuera de la zona de peligro.
Yo estaba segura de que una semana era más que suficiente. Las vitaminas y el reposo me fortalecían más día a día. La herida en mi frente ya era un borrón casi inexistente, muy al contrario que mis ganas de hacerle el amor.
Esta tarde me propuse que no pasaría de esta noche. Mis armas de mujer entraban en acción con toda la intención de ganar.

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—Espero que haya quedado bien.
Le serví un plato de jugoso pollo acompañado con patatas fritas.
—Tiene una pinta estupenda.
Cenamos en una agradable charla constante sobre su regreso a la oficina y todo el lío que se había encontrado nada más llegar.
Me contó entre risas que su secretaria al parecer también lo había extrañado.
Le prometí que le haría una visita para enseñarle mi resplandeciente anillo de compromiso. Edward se rio por el resto de la cena.

—Yo me encargaré de los platos —dijo cuando me vio con la intención de ponerme los guantes.
—Nada de eso. Debes estar agotado y una ducha te vendrá de lujo.
—Mis fuerzas me permitirán fregar unos cuantos platos. Pudo ducharme después.
—Está bien, como quieras. Estaré arriba por si me necesitas.
Quise rebatirle e insistir en que yo me encargaría de recoger la cocina, sobre todo porque sabía el desastre que había formado mientras preparaba la salsa del pollo y me las apañaba para escuchar bien el vídeo de la receta de internet. Mi fama por utilizar toda la utilería de la cocina en cada comida era patentada.
Una brillante idea que acudió a mi mente en segundos me hizo aceptar su oferta. El tiempo que él tardase en limpiarlo todo me serviría para preparar mi plan y abordarlo tan limpiamente que no se podría negar a mí otra noche más.
Sabía que tenía algún camisón de esos caros que me gustaba tanto comprar y a él quitarme. No importaba si ya lo había visto antes. Sólo serviría como medio para llegar a mi fin.

Me di una rápida ducha antes de buscarlo y di un bailecito de victoria cuando lo encontré. Era negro de encaje y tan corto que podría usarlo como top sin problema alguno. Antes de acomodarme en la cama cepillé con fruición mi melena, esparcí unas gotas de mi perfume favorito por toda la prenda y me coloqué en la posición más sugerente y “causal” que se me ocurrió.
Mi piel se puso de gallina cuando escuché sus pasos en las escaleras.
Agarré el libro de mi mesilla, crucé las piernas con delicadeza y fingí concentración al máximo.
—Parece que esta noche hemos cenado diez personas en lugar d…
—Te dije que yo me podía encargar de la cocina.
Me miró de arriba abajo con un brillo tan ardiente en sus ojos que me sentí derretir sobre la cama. Apreté el libro con fuerza entre mis manos.
—¿Qué estás leyendo?
—Una novela erótica —le guiñé un ojo antes de regresar mi vista a las páginas.

—¿Sucede algo? —pregunté sin mirarlo al sentir que no se había movido ni un centímetro de su posición.
—N-no —se aclaró la garganta—. Todo está bien.
—Estupendo.
La misma situación continuó durante cinco minutos por lo que decidí tomar las riendas y apoderarme del momento. Sabía que él podría quedarse parado frente a mí pensando en los pros y los contras por toda la eternidad.
Me puse de pie asegurándome de que me viera enfundada en mi camisón en todos los ángulos posibles.
—Voy a por un vaso de agua.
Acaricié su mejilla mientras pasaba por su lado mirándolo de manera angelical. Su mano rozó la fina tela del bajo del camisón. Conté hasta cinco en mi mente.
<<1,… 2,… 3,…>>

—Eres perversa —susurró casi imperceptiblemente antes de girarme y atraparme en sus brazos con pasión. Buscó mi boca con desesperación y nos fundimos en un beso que me quemó los circuitos.
<<Dios mío, cuanto lo había extrañado>>.
—No puedo resistirme a ti una noche más.
—No quiero que lo hagas —respondí con la respiración entrecortada.
—Pero el bebé…
—Estará perfectamente bien. El placer del sexo no le hará ningún daño.
—Si sientes alguna molestia por mínima que sea…
—Nos detendremos de inmedia…
Su boca avasalló la mía antes de que pudiese terminar mi frase. No me importó. Sus besos eran tan intensos que me dejaban poco espacio para pensar. Antes de darme cuenta lo sentí retroceder mientras jalaba de mí. Se tumbó en la cama, aún con las piernas fuera de ella, y me colocó sobre su torso.

Sus manos volaron a mis muslos, mi cintura, mi espalda, mis brazos. Estaban por todas partes. Tocando cuanto podían abarcar y más.
Me estremecía con cada caricia, sintiendo mi piel ardiendo ante cada toque de sus dedos.
Con el retorno prácticamente completo de mi memoria las experiencias siempre significaban mucho más para mí porque lo recordaba al completo. Ya no era un desconocido y mis sentimientos por él estaban más que ampliados. Recordaba todo lo que sentía por él antes del accidente. Aunque en el hipotético caso de que nunca hubiera podido recuperar mi memoria yo sabía que nada sería diferente. Me enamoré de él de otra vez incluso antes de lograr recordarlo por completo. Nuestro amor era tan poderoso que logró derribar las fuertes barreras de la amnesia.
Incluso si las cosas hubiesen salido mal y no hubiésemos terminado juntos de nuevo yo hubiera sido incapaz de amar a otra persona. Estaba muy segura de esa afirmación y no me asustaba para nada.
Amar a Edward era algo natural en mí. De no hacerlo me hubiese marchitado como una flor que no recibe los rayos diarios del sol. 

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—Te he extrañado demasiado —susurró Edward sobre mi hombro.
—Mi camisón ha sido testigo de eso —reí entre dientes mirando la destrozada pieza de seda esparcida sin cuidado alguno sobre el suelo del dormitorio.
—Prometo comprarte otro —rodé los ojos.
—He escuchado esas palabras muchas veces.
—Me declaro culpable —apretó mi cadera para acercarme más hacia él.
—Te dije que todo saldría bien.
—Sólo tenía miedo de herir al bebé.
—Creo que el bebé aún es muy pequeño para darse cuenta.
—Toda precaución es poca.
—Lo sé pero no quiero que me tengas en continua abstinencia.
—Estamos un poco exigentes —rio.
—Siempre hay que complacer a las embarazadas.
—En ese caso…

En un movimiento que no vi venir se colocó sobre mí haciéndome lanzar un grito de sorpresa.
—Una sola vez no es suficiente para compensar una semana entera.
—Amén a eso.
Bajó su boca hacia la mía envolviéndome en su frenesí por obtener todo lo que necesitábamos del otro.
Me besó con fruición, pasando su lengua por mi labio inferior y rozando en un rápido movimiento la punta de la mía. Él sabía que eso me volvía loca. Podría tener un orgasmo con ese tipo de beso.
Se giró en la cama colocándose a mi derecha y atrayéndome lateralmente hacia él. Su brazo estaba por debajo de mi costado y mi pierna sobre su muslo.
—Estoy impaciente por ver tu vientre abultado —me dijo mirándome a los ojos con intensidad mientras acariciaba la piel de mi estómago. Sentí mis ojos aguarse.
—Este bebé lo será todo para nosotros. Le daremos todo el amor que no pudimos darle a Nathalie —susurré temerosa.
—Nathalie siempre estará con nosotros. Aquí.
Junto nuestras manos y las colocó entre los dos a la altura de nuestros corazones. Quise llorar ante su preciosa acción.

Ambos sabíamos que el bebé que venía en camino nos ayudaba a cerrar el ciclo de nuestra vida. Tal vez más adelante vendrían más, eso nunca lo sabríamos, pero la herida lacerante que la pérdida de Nathalie dejó en nosotros se veía levemente compensada. Amaríamos a este bebé con todo lo que teníamos. Protegiéndolo tanto como estuviese en nuestras manos de la maldad del mundo exterior.
—Quiero proponer una idea —me escuchó con atención—. Que el sexo del bebé sea sorpresa.
—¿No quieres saberlo?
—No es eso, pero me gustaría saberlo cuando nazca. Nunca tuve una preferencia con lo que a eso respecta pero la idea de esperar me parece maravillosa.
—No tengo ningún problema con eso. Esperaremos.
—Gracias.
Agarró mi mejilla para acercarme hacia él. Podría haber estado en esta posición todo lo que restaba de noche, no sintiéndome nunca cansada de su presencia.

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—Quiero que escuches esto —le dije a Edward al día siguiente cuando acabábamos de desayunar y él estaba terminando de prepararse para ir al trabajo.
—¿Qué cosa?
Agarré su mano para guiarlo hacia el salón donde pulsé el botón del contestador para reproducir el mensaje de voz que había dejado Michael.

<<Hola Isabella, soy Michael Newton. He intentado ponerme en contacto contigo desde hace unos cuantos días pero la empresa ha estado patas arriba por un largo tiempo. Bueno, no entraré en detalles aburridos. Sólo llamaba para recordarte que tienes que pasar a por tu finiquito y a firmar el despido. Siento que las cosas hayan acabado de esta manera tan brusca. Creo que sería aconsejable que hablásemos algún día de estos. Un saludo>>.

¿Cuándo lo envió? —preguntó frunciendo el ceño.
—Ayer. Seguramente llamó mientras estaba fuera con Honey.
—¿Vas a ir?
—Quería consultarlo contigo —elevé los hombros con indiferencia. Las decisiones ya no eran sólo mías. Pronto seríamos un matrimonio y prefería contar primero con su opinión antes de decidir en los temas que nos implicaban a los dos.
—No me parece una buena idea.
Sabía a ciencia cierta que Edward nunca terminaría de tolerar a Michael y lo comprendía. Nos ayudó a conseguir información sobre Tanya y su pasado, pero el pique entre ellos iba mucho más allá de eso. Empezó en el instituto y se amplió
con la treta inventada por Tanya. Ahora sólo compartían un ligero compañerismo muy superficial.

—No he tomado ninguna decisión todavía pero creo que el dinero que él tiene que darme nos vendría muy bien para los gastos de la boda.
—Algo en sus palabras no acaba de convencerme.
—Será un encuentro muy rápido. A mí tampoco me apetece demasiado reunirme con él.
—Preferiría que fuéramos juntos, o que al menos vayas con Rosalie o Alice.
—Por mí no hay problema. Lo llamaré para concertar una cita con él. Te haré saber la fecha y si puedes me acompañas.
—Eso suena mejor —besó mi mejilla.
Le tendí la chaqueta de su traje y arreglé el cuello de su camisa.
—Voy a extrañarte muchísimo hoy —le dije con voz de cachorrito cerca de sus labios.
—Si me sigues mirando así seré incapaz de irme —se aferró a mi cintura. —¿Qué harás hoy?
—Iré con las chicas al centro comercial.
—Suena emocionante.
—No sabes cuanto.

Por una vez sí que estaba emocionada por ir de compras. Nos pasaríamos toda la mañana buscando el vestido de novia perfecto, los arreglos florales y el restaurante más acogedor que pudiésemos encontrar.
No quería una boda escandalosa sino más bien una reunión de los amigos más cercanos que teníamos. A los cuales conocía de toda la vida y estaba más que segura de que eran fiables y que les alegraba nuestra felicidad.
Una vez que logré despegarme de Edward y permitir que se marchase subí a mi dormitorio a ponerme ropa deportiva. Antes de ir al centro comercial donde había quedado con Alice y Rosalie le daría un paseo a Honey para que no se desesperase durante todas las horas que tendría que esperar solo en casa.
Tenía más de dos horas por delante lo que me dejaba con tiempo de sobra para darle un paseo largo, regresar, ducharme y arreglarme para nuestra mañana, que estaba segura se alargaría hasta la tarde, de compras.
También me encargaría de llamar a Michael para cerrar un ciclo más con él.

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—¿Estás preparada para vestirte de blanco?
Mi estómago dio un vuelco ante las palabras de Alice.
—Creo que sí.
—Vamos Bella, anímate un poco más. —Rosalie acarició mi hombro.
—Sólo estoy nerviosa.
—Es normal. Yo también lo estaba cuando me casé con Emmet. Pero créeme todos los miedos se van cuando lo ves esperando por ti en el altar. En ese momento todo cambia y no importa nada más que llegar hasta él y darle el sí. Es la mejor experiencia de la vida.
—Recuerdo tu boda.
—¿De verdad?
—Sí. Hay pocas cosas que no recuerde ya.
Las tres chillamos al unísono, llevándonos miradas curiosas y reprobatorias de las personas que entraban al centro comercial.

—Pensé que habría muchas más cosas en 900 North —comentó Alice frustrada.
—Sólo es apariencia. Un edificio tan grande y que tenga tan pocas tiendas de novia.
—¿No te gustó nada de J.Crew? —preguntó Rosalie mientras degustaba su helado de blueberries, plátano y chocolate.
—Vestidos demasiado sosos y clásicos. Yo quiero algo más moderno y bonito. El único que me gustó un poco fue el del cinturón de pedrería. Pero no acababa de convencerme.
—Bueno, tenemos muchos días aún —dijo Alice mientras sorbía su smoothie Tropical Sunrise.
—Lo sé —comenté ligeramente. No quería pensar en el desastroso y para nada motivador día que lo único que logró fue cansarme y estresarme pensando en que no encontraría mi vestido ideal.
Preferí dedicarme a disfrutar de mi yogurt helado natural con sirope de frambuesa y oreo. Delicioso.

—¿Has pensando en cómo serán nuestros vestidos?
—¿Vuestros vestidos?
—No creo que haga falta recordarte que seremos las damas de honor —Alice me miró de tal manera que no me atrevería a contradecirla ni por un millón de dólares.
—Por supuesto que no. Pero aún estoy confusa sobre qué decidir primero. Son demasiadas cosas —mordisqueé mi oreo con frustración.
—Deberías empezar por el color. Te aconsejo un tono bajo, algo así como rosa pálido.
—Tú elegiste el celeste. —Rosalie asintió.
—Me gusta el malva. Aunque el dorado no estaría mal.
—El malva es precioso —respondieron prácticamente al unísono, haciéndome reír.
—¿Qué otro sitio hay por aquí cerca?
—Bella Bianca.
—Tiene pinta de ser un poco caro.
—Podemos ir y mirar. No perdemos nada.
—Está bien.

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—¿Bella?
—Hola Laura, ¿cómo has estado?
—Genial, que gusto me da verte de nuevo.
Me abrazó con cariño.
—A mí también, ¿cómo ha estado el trabajo?
—De locos. Hemos tenido unos cuantos problemas algo complicados. Pero se han ido solucionando bien. Los días han estado más calmados.
—Me alegro. Michael me comentó algo.
—¿Qué te trae por aquí?
—Tengo que firmar los papales del despido.
—Oh, es cierto. ¿No vas a regresar?
—No lo creo. Este no es mi sitio. Prefiero encontrar otro trabajo, aunque por el momento tengo que dedicarme a mi bebé.
Lanzó un gritito de júbilo.

—¡Felicidades futura mamá!
Volvimos a abrazarnos con entusiasmo.
—Muchas gracias.
—Déjate ver por aquí más a menudo. No quisiera perderme la imagen de verte con pancita.
Sonrió con alegría mientras acariciaba mi vientre.
—Vendremos a visitarte.
Justo en ese momento la puerta del despacho de Michael se abrió y me informó de que podía pasar. Me despedí rápidamente de Laura y fui hacia él.

—Buenos días Isabella.
—Buenos días Michael —cerró la puerta tras de mí—. Siéntate.
Me tendió una serie de papeles que leí con concentración antes de firmar.
—¿Esto es todo?
—Sí. —Me tendió un cheque—. Este sería tu finiquito aumentado con la mitad del sueldo correspondiendo a los quince días del mes que trabajaste.
—Gracias. —Quise irme pero la curiosidad fue más grande—. Veo que ya no estás enfadado.
—Entenderás que mi enfado estaba más que justificado.
—Lo sé, pero no todo fue culpa mía. Quise explicártelo esa noche.
—No tenía tiempo para explicaciones. Conocías la importancia de esa cena.
—Sí, pero tuve un problema con un agente de tráfico. Eso me hizo llegar mucho más tarde.
—¿Te pusieron una multa?
—En realidad no fue culpa mía —dudé un segundo en si contarle o no lo de Tanya. Supuse que ya a estas alturas daría igual—. Todo fue un plan de Tanya.
Michael frunció el ceño en lo que me pareció furia.

—¿Por qué de Tanya?
—Ella me tendió una trampa. Ese agente de policía era un amigo suyo que tenía que hacerme llegar tarde. No estoy segura si quiera si era un agente de verdad.
—Podrías haber salido de casa con más tiempo.
—No imaginé que Tanya haría algo para hacerme quedar mal. ¿No entiendes que fue culpa suya?
—Ahora ya no tiene importancia Isabella. Yo no puedo involucrarme en vuestra rivalidad.
Sus palabras me sorprendieron.
—Supongo que no. Sólo quería hacértelo saber porque tú nos ayudaste en una ocasión.
—No puedo hacer nada ahora.
No le estaba pidiendo que hiciese nada.
—¿Sigue trabajando aquí?
—Sí. Ahora es la secretaria personal de Foster y Carter. Es muy buena en su trabajo y ha hecho mucho por esta empresa.
—Me cuesta creer algo así.
—El hecho de que tú la odies no significa que tengas que desestimarla.
Lo miré con la sorpresa bailando en mi rostro.
—¿Ahora estás de su parte?
—No estoy de parte de nadie. No puedo entrometerme en una pelea tan ridícula como esta. Tanya es una parte importante de este imperio.
—Sólo espero que no tengas que deshacerte de él por su culpa. Ya deberías de saber que no es una persona de fiar.
—No quiero escuchar nada más sobre ella Isabella. Te agradecería que te detuvieras.
—Comprendido.

Me puse de pie en automático.
Se había vendido. Lo sabía. Conocía a Michael y sabía que su actitud no era para nada común. La defendía ante cada palabra que yo decía corroborando mi teoría.
Se había vendido pero no sabía a qué precio y tampoco iba a gastar mi tiempo en averiguarlo.
Michael debía aprender por sí solo de sus errores. Bastante tenía con los míos.
—Espero que no te arrepientas de tus decisiones Michael.
—No pensaba hacerlo.
—Adiós.
—Hasta luego Isabella—. Su tono de voz cambió, volviéndose más grave—. Felicidades por tu embarazo.
Me paralicé de espaldas a él.
—Gracias —respondí entre dientes sin molestarme en mirarlo.

—¿Cómo ha ido todo?
Jasper se acercó a mí cuando me vio salir del ascensor.
Fue el único que pudo acompañarme la mañana en la que quedé reunirme con Michael. Todos los demás tenían que trabajar y a él no le importaba ir.
Edward se fue con el alma en su sitio cuando supo que iría acompañada.
—Bien y mal —suspiré mientras salíamos del hall de Michael’s Enterprises, donde sabía que no regresaría nunca más.
—¿Qué te ha dicho?
—Ha sido bastante extraño. Todo parecía normal al principio cuando me ha tendido todos los papales. Después hemos empezado a hablar sobre Tanya, que sigue trabajando ahí. Su actitud ha cambiado por completo y se ha enfadado cuando he dicho que no debe fiarse de ella. La ha defendido en todo momento.
—¿Cómo era su relación anteriormente?
—Neutral imagino. No llegué a involucrarme demasiado tampoco, pero no vi nada extraño o poco común.
Me abrió la puerta de su coche.

—¿Crees que ella ha logrado hacerle cambiar de parecer?
—No sé qué se trae entre manos, pero está manipulando a Michael.
—Tal vez estén manteniendo una relación.
—No había pensado en esa posibilidad. Tanya puede ser muy persuasiva si se lo propone.
—¿Para qué querría a Michael de su parte si ya sabía que tú no seguirías trabajando para él?
—Ese es el punto que me falta, pero no quiero darle más vueltas. Michael ya es bastante mayorcito para saber qué hacer con su vida y con su empresa. Me basta con tener a Tanya alejada todo lo posible de nosotros.
Se introdujo al tráfico para llevarme a casa.
—Es cierto. Lo mejor que puedes hacer es relajarte y olvidarte de Michael y Tanya—. Me sonrió con dulzura—. No queremos que le pase nada a ese pequeñín.
Cubrí su mano posicionada en mi vientre y le agradecí con la mirada.

—¿Quieres quedarte a comer? —Le pregunté cuando llegamos a casa.
—Encantado, pero aún es un poco pronto.
Miró su reloj y yo hice lo mismo con el mío, el cual marcaba las once menos cinco.
—Me vendría bien un poco de compañía —elevé los hombros intentando parecer indiferente. Me sonrió. 
—Cuenta conmigo.
—Gracias.
—Ah, una cosa —abrió la puerta trasera del coche—. Emmet me dio esto para ti. Dijo que se le había olvidado por completo devolvértelo.
Me tendió un grueso álbum de fotos y otro un poco más fino.
—¿Dónde tendrá la cabeza?
—En cualquier parte menos en el presente. Ya lo conoces.
Entramos a casa donde Honey se abalanzó hacia Jasper como si estuviese esperando su llegada desde hace horas.

—Tengo queso y paté, ¿te apetecen unos biscotes?
—Claro —contestó distraído mientras jugaba con el perro.
Fui a la cocina a por todos los ingredientes. También hice café.
—Mira esta foto Bella, es increíble.
Jasper me tendió una fotografía en la que aparecíamos todos. Jasper, Emmet y Edward estaban sentados sobre el respaldo de un banco situado en la arena de la playa. Alice, Rosalie y yo estábamos sentadas delante de ellos. Apretadas las unas junto a las otras en una pelota comprimida porque los chicos nos apretujaban entre sus brazos. Los brazos de Emmet, quien estaba en el centro de los chicos, pasaban sobre los hombros de Jasper y Edward.
Todos sonreíamos encantados y divertidos. El paisaje era precioso. Un radiante sol hacía brillar el cielo increíblemente azul, rivalizando con el color del agua del mar. Los árboles a nuestra espalda parecían frondosos gigantes.
Nos veíamos más jóvenes. Recordé entonces que la foto se hizo hace unos cuatro años en la playa de Oak Street.

—Uaau, me encanta.
La miré embelesada.
—Ya no la recordaba —dijo Jasper.
—¿Sólo la tengo yo?
—Creo que sí. No la he visto desde que nos la hicimos.
—Puedo haceros una copia. Es preciosa.
—Una idea genial.
Me senté a su lado y miramos más fotos mientras reíamos y nos llenábamos de melancolía.
No conocía a Jasper desde hace tanto como a Edward o Alice, pero era un muy buen amigo. Me encantaba su compañía a pesar de que parecía ser siempre muy serio. Su mirada parecía psicoanalizarte cada vez que posaba sus ojos sobre ti pero no te hacía sentirte incómodo nunca. Era muy sincero y sus modales envidiables. Yo disfrutaba muchísimo de su compañía. Siempre que quería un consejo directo y seguro acudía a él. Lamentaba haber perdido tanto el contacto con él y con Emmet, con quien podía reír por horas, después del accidente.
Necesitábamos volver a ser el grupo inseparable de los viejos tiempos.

Estábamos riendo a carcajada batiente ante una imagen en la que aparecía él dándole un beso a Alice en un perfecto momento romántico y yo salía de fondo con una mirada desorientada, como si estuviese buscando algo o a alguien completamente perdida. Mi cara era de cuadro.
—Gracias por dañar nuestro momento —intentó parecer serio pero fracasó estrepitosamente.
—¿Qué se supone que estaba haciendo?
—Quien sabe. Eres una persona extraña.
—¡Ooh! —Exclamé en un hondo grito de sorpresa—. Muchas gracias.
Piqué su hombro y se rio con más fuerza.
—Aun así me caes bien.
—Es bueno saberlo.
Negué con la cabeza y lo dejé desternillándose en el sofá mientras me levantaba a abrir la puerta cuando escuché el repiqueteo del timbre.

—¡Voy!
A pesar de mis palabras siguió sonando con insistencia.
—¿Quién es?
Me paralicé cuando abrí la puerta.
—Hola Bells… —Ethan estaba parado al otro lado—. ¡Espera, espera! —Dijo con rapidez cuando vio que intenté cerrarle la puerta en las narices.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo, lo prometo. Sólo quiero hablar.
—Yo no. Ahora vete.
—Bells por favor, te lo imploro. Déjame que te lo explique todo y después me iré y no volveré a molestarte.
—No puedo fiarme de ti ni de nada de lo que tengas que decirme.
—Te prometo, no, te juro que ya no tengo nada que ver con ella. Soy el mismo de antes. Sólo te pido que me escuches. Diez minutos, por favor…

Los pasos de Jasper detrás de mí me infundieron confianza.
—¿Quién es Bella?
Abrí la puerta por completo.
—Tan sólo un conocido.
—So-soy Ethan Parker.
Por un segundo me permití compadecerlo. Su nerviosismo era palpable. Tenía los ojos alarmantemente rojos, se mordisqueaba los pellejos de los labios con frenesí. Hiriéndose. Sus manos no paraban de moverse para hacer énfasis en sus palabras.
Jasper debió notar la tensión que había entre ambos —aunque lo hubiera notado hasta un pájaro— porque se puso a la defensiva.
—¿Y qué quiere nuestro amigo Ethan?
—Hu-hubo un mal entendido entre los dos. Sólo que-quería explicárselo.
—Yo no lo llamaría mal entendido precisamente.
—Por favor Bells, te lo ruego.

Sabía que el encuentro con Ethan era inevitable. Yo misma había estado pensando en llamarlo para que me diese una última explicación antes de cerrar por completo la amistad que compartí con él y que terminó en un fracaso tan grande. Todo por su culpa, por supuesto.
Me pareció bien aprovechar esta oportunidad. Ahora que no estaba sola y que contaba con la compañía de Jasper era mucho más seguro.
No conocía las intenciones de Ethan, aunque algo me decía que de verdad volvía a ser el de antes. Tal vez abrió los ojos con respecto a Tanya.
Decidí escuchar todo lo que tenía que decirme porque la curiosidad me superaba. Necesitaba saber qué le llevó a unirse a Tanya o qué le ofreció ella para convencerlo.
—Está bien Ethan, pasa.
—¿Estás segura? —Preguntó Jasper.
—Sí, y me gustaría que te quedases conmigo.
—No hay problema.
Nos quitamos de la puerta y Ethan entró con paso nervioso y la cabeza gacha. Su imagen era la de un hombre completamente derrotado.


¡Hello people!
Estoy por aquí de nuevo dejándoles un capítulo fresquito y lleno de novedades.
Me he puesto muy melancólica mientras lo escribía, siendo consciente de que ya le queda muy poquito para llegar al final.
He evolucionado muchísimo con esta historia. Quienes la lean desde el principio lo comprenderán muy bien. Sé que los primeros capítulos son un desastre y que mi escritura era bastante deficiente, aun así espero que disfruten mucho de estos nuevos y de la historia en general.

Mil gracias por su apoyo.
Un saludo enorme.
Nos leemos en la próxima.
By: K. Crazy Cullen.

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