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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

lunes, 12 de octubre de 2015

Capítulo 30: Sobredosis.


Capítulo 30: Sobredosis.


Pov Bella:

Sentí un fuerte olor a amoníaco debajo de mi nariz, que persistía provocando una molestia constante en mis fosas nasales. Estornudé con fuerza y parpadeé repetidamente hasta que enfoqué el lugar en el que me encontraba. Cada imagen frente a mí era borrosa, lo que me obligaba a parpadear con frecuencia. Un punzante dolor se extendía por toda mi cabeza provocando un molesto ardor en mis ojos y un sonido retumbante en mis oídos. Finalmente logré enfocar mejor las imágenes y lo primero que divisé fue el muy preocupado rostro de Edward.
—¿Estás bien? —su voz fue un suave susurro.
Me senté de golpe en un repentino movimiento que me desorientó más aún, haciéndome perder el equilibrio.
—Tranquila, te tengo.
La mano de Edward se posicionó en mi espalda y me ayudó a enderezarme. Pronto me di cuenta de que me encontraba tumbada en el sofá de la sala.

—¿Qué hora es?
—Tranquila, sólo llevas inconsciente unos minutos.
—Inconsciente.
—¿No recuerdas lo que ha pasado?
—No… —froté mi frente—, no logro enfocar bien las imágenes.
—Habrá sido el estrés, creo que ese trabajo con Michael no te está sentando nada bien.
Me puse de pie de un salto cuando nombró a mi jefe.
—Oh Dios la reunión… el restaurante, el policía y… Tanya.
—¿Tanya?, ¿te ha hecho algo?
—Ella provocó esto, provocó mi despido.
—¿Te han despedido?, pe-pero… ¿por qué?
—Todo ha sido culpa de Tanya, ella me tendió una trampa.
Repentinamente comencé a llorar de manera descontrolada, sintiendo una enorme angustia en mi pecho una vez que recordé a la perfección el plan que Tanya había organizado para terminar con todo lo que me quedaba.

—¿Qué te ha hecho? —Edward gruñó muy enfadado.
—Michael estableció que a esa reunión no podíamos llegar tarde. Yo tenía un ultimátum por mi última falta, que también fue cosa de Tanya, por lo que ya me advirtió de que si volvía a fallarle no habría vuelta atrás, mi despido sería inminente. De alguna manera Tanya se enteró y provocó que llegará tardísimo a la reunión. Michael ni siquiera quería mirarme.
Mis palabras fueron entrecortadas debido a mis lágrimas y a la desesperación que sentía por dentro.
—Shh, calma Bella, esto te está afectando demasiado.
—Ella está ganando cada batalla Ed, me está derrotando sin siquiera mancharse las manos…
—¿Qué ha sido esta vez?
—Hizo que un falso policía me detuviera en medio de la carretera para hacerme perder tiempo. He llegado casi una hora más tarde. Es imperdonable.
—Puedes contarle la verdad a Michael y él entenderá todo lo que pasó, si es un tipo lógico y justo como parece te dará la razón.
—¿Tú crees qué…?
—Estoy seguro. Mañana ve a la empresa y explícale todo.
—Espero que quiera escucharme.
—Puedo ir contigo si lo deseas.
—Gracias, pero prefiero ir sola —Edward asintió algo disgustado.

—¿Te sigue doliendo la cabeza?
—No, el dolor ha disminuido.
—Menos mal.
—Siento haberte asustado, he perdido los estribos de la situación.
—¿Estás segura de querer volver a esa empresa? Tanya está afectando en tu recuperación. Recuerda que el accidente no fue una cosa de la que reírse.
—Lo sé, pero necesito tener la mente ocupada en algo, aún así te prometo que si encuentro otro empleo dejaré este, siempre y cuando Michael me dé otra oportunidad.
Edward se dirigió a la cocina a prepararme un té relajante mientras yo iba a cambiarme de ropa. Estaba sucia y sudada, por lo que antes decidí darme una ducha rápida. El agua tibia le sentó bien a mi cuerpo, mas no a mi cabeza, la cual empezó a palpitar con fuerza provocando un dolor agudo que recorría todo mi cráneo.

Fui tambaleándome hacia el dormitorio en busca de algunas aspirinas que calmaran el agudo dolor. No tenía un dolor tan fuerte desde los primeros días tras el accidente, cuando la herida en mi cabeza aún estaba sanando y el abismo vacío de mi mente provocaba las fuertes pulsaciones.
Me senté en el borde de la cama después de rebuscar en los cajones de la medicina con nulos resultados. Apreté mi sien con ambas manos, sintiendo como el dolor se intensificaba más y más a cada momento. Mis ojos se cerraban por inercia y mi mente se encontraba nublada. A lo lejos percibí los pasos de Edward y las pulsaciones en mi frente se tornaron menos agudas.
—Esto te ayudará a dormir tranquila —dijo Edward tras abrir la puerta.
Quise elevar la mirada para agradecerle por el té pero el movimiento provocó un fuerte mareo. No me dio tiempo a agarrarme a nada, sólo de percibir el sonido de la porcelana estallando contra el suelo y mi nombre siendo pronunciado con fuerza y desesperación.

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—Está volviendo en sí.
Una fuerte luz me cegó impactando directamente contra mis pupilas.
—Sus vitales están bien doctor.
Una desconocida voz femenina resonó en el ambiente.
—Gracias Mónica, yo me encargo del resto. Avísele a mi hijo de que puede pasar en unos diez minutos.
—Sí doctor. —Tras unos lentos pasos el sonido de una puerta cerrándose con cautela fue lo único que escuché.
—¿Cómo te encuentras Bella?
Reconocí la voz y aunque quise contestar mi boca estaba tan seca que no logré articular palabra alguna.
—Esto te sentará bien. —Un objeto plástico tocó mis labios y supe enseguida que se trataba de una pajita. Sorbí con lentitud y la frescura del agua me sentó de maravilla. Carraspeé con dificultad para intentar hablar otra vez.

—¿Dó-dónde estoy?
—Tranquila Bella, todo estará bien ahora.
Parpadeé para poder enfocar bien la imagen y vislumbré el rostro de Carlisle. Su rubísimo pelo perfectamente peinado y su sonrisa tranquilizadora fue lo primero que enfoqué.
—Sentirás un ardor persistente en tu garganta, aunque espero que el dolor de cabeza haya desaparecido.
Llevé mi mano temblorosa a mi frente y fruncí el ceño cuando el simple toque me dolió.
—La herida aún está fresca, ten un poco de paciencia.
—¿Qué-é herida?
—Es normal que estés un poco desorientada, pero no pierdas la calma, todo está controlado. No ha sido muy grave y sólo tendrás un doloroso chichón por algunas semanas. Te quedarás aquí esta noche, ahora que estás despierta podremos hacerte la resonancia.
Me alarmé ante esa palabra.

–¿Qué está mal conmigo?
—Sólo es algo rutinario para descartar problemas futuros. Edward nos ha dicho que hace mucho que no tenías dolores de cabeza, pero si han vuelto es mejor asegurarnos de que todo está bien.
—¿Dónde está Edward?
—No tardará en entrar, ha ido a por un café mientras terminábamos la inspección rutinaria. El pobre no ha dormido durante estas dos noches.
—¿Dos noches?
—Hemos tenido que hacerte ciertas pruebas para ver cómo estaba funcionando tu cerebro por si había alguna anomalía. Pero todos los resultados son satisfactorios y ya no necesitas estar más tiempo inconsciente. Sólo nos falta la resonancia y mañana podrás irte a casa.
—Pero por qué no me acuerdo de haber venido al hospital.
Carlisle me sonrió para tranquilizarme.

—¿Recuerdas esa última noche en la que tenías una reunión de trabajo? —asentí con los ojos llorosos. Nunca la olvidaría.
—Tanto estrés acumulado sumándose a las heridas internas que tenías debido al accidente de coche y a tu pérdida de memoria han ido acumulándose hasta que colapsaron de golpe. Te desmayaste y te golpeaste la frente. Te hiciste una pequeña brecha pero nada que no se pueda solucionar con unos puntos de sutura. Edward te trajo rápidamente aquí, estaba muy nervioso. No es normal que pierdas la consciencia tan repetidamente, por lo que procedimos a investigar.
—¿Y habéis encontrado algo?
—Los dolores de cabeza se deben mayoritariamente a la situación de estrés en la que te has visto envuelta, sumándole además que te encontrabas muy tensa y nerviosa. Todo eso junto con el esfuerzo que está haciendo tu cerebro para poder recuperar tu memoria al completo han provocado este colapso. Deberías de haber venido aquí de urgencia ante el primer desmayo.
—No imaginé que fuera grave… —susurré asustada.

—Todo está controlado ahora. Tu pulso y tus reflejos son normales, pero te aconsejaría visitar a un psicólogo que te ayude a sobrellevar esta situación.
—No necesito a nadie para contarle mis intimidades.
—No lo veas así. Te ayudaría mucho a desahogarte. Debes saber también que le hemos puesto una denuncia a Tanya. Edward me ha puesto al tanto de todo y no sé a qué esperabais para no haberlo hecho antes. 
—Yo no quería, puedo controlarla.
—No puedes hacerlo todo Bella. No puedes cargar con tanto peso sobre los hombros. Tu cuerpo no soporta la presión y acaba colapsando.
—Lo sé pero…
—No te voy a pedir esto como médico Bella, te lo voy a exigir porque eres parte de la familia y me preocupo por ti tanto como Edward. Firma los papeles para que la denuncia se complete y Tanya quede en manos de la policía. No le harán nada si no tienen pruebas, pero al menos podrán mantenerla controlada y así evitar que te haga algo peor.
—Está bien. Firmaré.

Carlisle sonrió y sólo me bastó eso para poder tranquilizarme. Tal vez él tenía razón y era mejor dejarlo todo en manos de los profesionales. Ya no quería enfrentarme al mundo yo sola sabiendo que contaba con manos tendidas más que dispuestas a ayudarme. Era absurdo seguir negando que los planes de Tanya iban a continuar y que a la final todo acabaría en algo peor. Su sed de venganza aumentaba cada día y yo ya no tenía fuerzas para seguir enfrentándola. Quería dedicarme a mí, a cuidar mi salud, a disfrutar junto a Edward y a continuar construyendo nuestro futuro juntos.

—Hay algo más cielo —su tono de voz cambió de profesional a dulce. No supe si eso me alivió o me asustó más de lo que ya lo estaba.
—¿Qué ha pasado?
Justo cuando iba a responderme la puerta se abrió y Edward apareció frente a mí. Llevaba una arrugada camiseta gris y unos vaqueros anchos, su pelo estaba más desordenado de lo normal y la preocupación era visible en su rostro. Portaba un gran vaso de café en la mano, lo que me indicaba que estaba haciendo todo lo posible por combatir el cansancio. Tenía unas pronunciadas ojeras bajo los ojos, lo que hizo que me preocupara por su estado. Quise recuperarme completamente para que él no tuviera que cargar con tanta preocupación.
—Hola amor, ¿cómo te encuentras? —Se acercó hacia un lado de la camilla y tomó mi mano con delicadeza.
—Mucho mejor ahora.
Me enderecé completamente en la cama y acaricié su mejilla cubierta por una fina barba.

—No sabes lo feliz que me hace verte consciente de nuevo. —Sonrió hermosamente.
—Siento haberte asustado tanto. Prometo no volver a hacerlo.
—Eso espero, no creo que mi corazón soporte más sobresaltos.
Besó el tope de mi cabeza y yo me sentí completamente resguardada.
—Mañana podrá irse a casa. Los dos necesitáis un merecido descanso.
—No pienso salir de la cama —declaró Edward sonriendo.
—Siento mucho que no hayas podido dormir —susurré con voz de pececito acariciando las bolsas bajo sus ojos.
—Eso no es lo más importante. Yo sólo deseo que te recuperes por completo.
—No más estrés para mí, lo prometo.
Besó con ternura la comisura de mis labios arrancándome una sonrisa de completa felicidad.

—Siento interrumpir vuestro momento, pero aún no he podido darle a Bella la buena nueva y tengo otros pacientes que atender.
—Dímelo ya, estoy impaciente.
—Esto me ha hecho muy feliz, espero que a ti también.
—¿Qué es…?
—El estrés y la tensión no ha sido lo único que ha provocado tu desmayo… Bella estás…
Mis manos fueron automáticamente a mi boca abierta, tapando la sorpresa que empezaba sentir.
—¿Vas a decir lo que creo que vas a decir?
Ambos sonrieron con completa felicidad y todas mis dudas se disiparon al instante.
—¿Vamos a ser padres? —le pregunté a Edward con los ojos llorosos por la felicidad.
—Así es cariño mío, vamos a tener un bebé.
—Oh Dios mío…

De alguna manera logré ponerme de rodillas en la camilla y me lancé a los brazos de Edward. El tirón punzante que dio la vía en mi mano no me detuvo. Ese dolor sólo me aseguraba que todo lo que estaba viviendo era real.
—Bella cuidado, te harás daño.
—Nada puede dañarme ahora.
Me aferré al cuello de Edward y sollocé con fuerza.
—Espero que esas lágrimas sean de felicidad.
—Lo son, claro que lo son.
Edward correspondió a mi abrazo con la misma fuerza, no sabiendo por cuanto tiempo nos mantuvimos unidos.
—Yo también quiero un abrazo, al fin y al cabo seré al abuelo de ese bebé.
Abracé a Carlisle con fuerza y le di las gracias por todos sus cuidados y su paciencia. Finalmente tuvo que irse, dejándonos a nosotros en nuestra burbuja de felicidad y amor.

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—¿Sabes algún detalle?
—Sí, mi padre me ha informado de todo. Estás de tan sólo seis semanas, lo que explica que hayas tenido ciertas náuseas y que te sientas tan cansada continuamente. El estrés por el trabajo y toda esta situación con Tanya ha provocado que te debilitases y que necesites algunas vitaminas y hierro.
—¿Ha afectado al bebé? —pregunté muerta de miedo.
—No por el momento, pero debes tomar rigurosamente cada dosis de vitaminas, alimentarte bien y tomar las pastillas de hierro. Así todo estará correcto.
—Lo haré, lo haré.
—Esa es mi chica.
Edward depositó un lento y conciliador beso en mis labios que me hizo acordarme de por qué me gustaba tanto. Tenía una exquisita manera de besar que debería de estar patentada.

—Tienes que estar ingresada hasta mañana por la tarde.
—Carlisle me lo dijo, aunque no me hace mucha gracia.
—Lo sé señorita, pero no quiero ninguna negativa por tu parte. Como tenga que volver a traerte inconsciente al hospital seré yo quien se quede ingresado aquí.
—Siento mucho haberte asustado —dije con voz de cachorrito.
—Sólo necesito que me prometas que esta vez me harás caso y que no intentarás enfrentarte tú sola contra todo.
—Lo prometo.
—Tanya es un asunto nuestro. Juntos resolveremos esto y la alejaremos de nuestras vidas.
—Es lo que más deseo.
—En cuanto la denuncia se haga oficial ya todo será mucho más fácil. Ella no podrá acercarse a ti sin incumplir alguna ley.
—Es reconfortante oír eso.
—Ya es hora de que podamos vivir con tranquilidad.

De alguna manera logré convencerlo de que se acostara a mi lado en la diminuta camilla del hospital. Nos apretujamos el uno contra el otro para no caernos y para poder estar lo más cerca posible. Necesita el calor que emanaba su cuerpo, sus brazos a mi alrededor. Estar envuelta por él me hacía sentir segura y reconfortada. En algún momento de la madrugada logramos dormirnos: él aferrado a mi cintura y yo envolviendo sus manos, las cuales cubrían mi vientre y a la pequeña personita que se estaba formando dentro de él.
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—Estoy destrozado.
Me encogí en mi sitio cuando escuché como tronaban los huesos de Edward. Dormir conmigo no le había sentado nada bien. Su espalda estaba adolorida y su cuello agarrotado.
—No volveré a dejar que duermas aquí.
—El estado de las camas de hospital debería ser denunciable.
—¿Te duele mucho?
Sacudió su cuello, el cual volvió a chasquear, y suspiró con fastidio.
—Se pasará.
Me arrodillé en la camilla y coloqué mis manos alrededor de su nuca, masajeándola y disuadiendo los nudos que había en sus músculos.
—Sólo queda una noche, podré arreglármelas sola.
—No quiero dejarte aquí.
—Ya lo sé, pero no puedes maltratar así tu cuerpo. Esta noche quiero que vayas a casa y descanses en condiciones. Mañana iré yo y dormiremos juntos de nuevo.

Hizo un gesto gracioso con los labios.
—No me gusta esa idea.
—Cuando te levantes descansado y sin ningún dolor te gustará.
—Está bien, pero vendré a verte a las seis, cuando salga del trabajo.
—Te estaré esperando.
—Descansa cariño, y cuida de mi bebé.
Mis ojos se empañaron ante sus palabras.
—Lo haré, te amo.
—Yo también.
—Ten un hermoso día.
Me aferré lo máximo posible a su boca, hasta que no nos quedó otra alternativa que separarnos o llegaría tarde.
Sabía que me aburriría muchísimo a lo largo del día, pero lo único que me animaba era saber que mi estado había mejorado mucho, por lo que no habría ningún inconveniente en que me dieran el alta al día siguiente.

La mañana fue monótona y predecible. La enfermera llegó a las ocho y media de la mañana para empezar con mis pruebas rutinarias. Chequeó mi corazón, mi capacidad pulmonar, el pulso y mi visión. Me hizo las mismas preguntas de siempre sobre mi estado y cambió la gasa que cubría mi chichón, el cual ya no dolía tanto y estaba mucho menos hinchado que al principio.
—He traído algunas revistas nuevas para ti. Las que están aquí tienen mil años y no te enterarás de nada.
—Eres muy amable, esto ayudará que no me aburra tanto.
—Pasaré por aquí a lo largo de la tarde si me es posible. Espero que el resto de pacientes no me den tanto trabajo.
—Muchas gracias Mónica.
Me sonrió con dulzura y volvió a dejarme sola en la habitación.
Me alegraba saber que todo estaba yendo bien y que pronto no sería más que un mal recuerdo. Tomé el hierro y las vitaminas y me recosté por un par de horas. Necesitaba recuperar todas las horas de sueño perdidas.
Un fuerte portazo me despertó con brusquedad, provocando que me sintiera desorientada al principio. Una melena rubia frente a mí hizo que me paralizara por un segundo y que mi vista se enfocara por completo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Sólo he venido a visitarte —sonrió maliciosamente—. Como la buena hermana que soy estaba preocupada por tu estado.
Se acercó lentamente a la terminación de la cama.
—No quiero que estés aquí —dije con tono mordaz.
—Bueno, lo que tú quieras no me interesa.
Agarró mi historial médico de la mesilla que había al final de la camilla.
—Deja eso donde estaba.
Comenzó a leer, haciendo oídos sordos a mis protestas.
—Oh, pero qué es lo que ven mis ojos. Niveles bajos de hierro, carencia de vitaminas, estrés postraumático y… embarazo positivo.
Lanzó una lobuna sonrisa al viento.

—Pero qué sorpresa, ahora resulta que voy a ser tía.
—Tú y yo no somos nada. —Grazné al intentar sacarme la vía, lo que provocó un horroroso dolor en mi mano.
—Así que seis semanas, muy interesante.
—¿A qué has venido Tanya?
—Ya te lo he dicho Isabella, he venido a ver cómo estabas. Una visita de cortesía.
—No te quiero aquí. ¡Lárgate!
—No te enfades querida, no te estoy haciendo nada malo —me miró con malicia—. Aún.
—Si te acercas gritaré, y te sacarán a patadas de aquí.
—No te comportes como una chiquilla. Ni siquiera te he tocado.
—¡Aléjate de mí!
—No, cómo crees, si esto es muy divertido.
—Tu juego ha terminado, la policía te encerrará si te acercas a menos de cien metros de mí.

—¿Vas a denunciarme? —se rio con fuerza—. No seas patética.
—Ya lo he hecho. Eso de hacer lo que se te venga en gana se ha acabado.
—Nadie podrá detenerme, ni tú ni la policía. No le tengo miedo a nada, además, no tienes ninguna prueba contra mí.
—Por si lo has olvidado, aún poseo las notas amenazantes que me enviaste —la miré con malicia— que por cierto, están firmadas con tu nombre.
Por primera vez en mi vida pude verla paralizada y temerosa.
—Eso no prueba nada.
—Por supuesto que sí. Una amenaza escrita es un delito penado por la ley.
—¿Y qué crees que podrás hacerme con eso?, ¿Qué pongan un orden de alejamiento?
—Eso bastará.
—No seas ridícula. ¿Crees que un simple papel podrá detenerme?
—Si la incumples te encerrarán.
—¿Por cuánto tiempo?, ¿un par de días?
Hizo ese gesto tan molesto de sacudir su melena, mostrando superioridad.

—¿Crees que estoy bromeando?
—Sé que eres una persona de palabras, pero no de actos.
—Tú no sabes nada sobre mí.
—Por supuesto que lo sé, más de lo que te gustaría. ¿Es que acaso piensas que voy a actuar sin antes conocer a mi presa?
—Eres una persona odiosa.
—Soy práctica y astuta.
—¿A qué has venido?
—A ver si seguías viva.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo por completo ante la frialdad de sus palabras.
—¿Qué demonios estás diciendo?
—Por un momento imaginé que ya no me tendría que ocupar más de ti, y eso me apenaba a la par que me alegraba.

Se movió rodeando la camilla hasta posicionarse a mi izquierda. Intenté mostrarle con mi mirada que no le tenía miedo.
—Que sigas viva me da más juego. Hace esto mucho más divertido. Tu final tiene que ser bajo mi mano. Tengo que disfrutarlo.
—¿Es-estás hablando de asesinato?
—Punto para ti querida.
—Estás completamente loca, has perdido la razón.
—La única que perdió la razón fue mi madre, y tú también tuviste la culpa.
—¡Yo tan sólo era una niña!
—¡No me importa! —su respiración se aceleró. —Tienes todo cuanto deseas, desde que naciste, no lo mereces, no mereces nada de lo que posees.
—¿Y crees que mi muerte solucionará todo?, ¿acaso has pensando que cuando yo no esté tú serás feliz? —Me enderecé mucho más.

—Cuando haya acabado contigo podré continuar. El próximo en mi lista será Edward.
Mi sangre hirvió.
—¡Edward no tiene nada que ver en esto!
—Oh sí, por supuesto que tiene mucho que ver. Me rechazó a mí para elegirte a ti. Nunca le perdonaré esa ofensa.
—Tú no quieres vengar a tu madre, ella ni siquiera te importa, lo único que deseas es recuperar tu orgullo.
—¡Tú no sabes nada de mi madre!
Por un segundo me pareció ver como sus ojos se inyectaban en sangre, para poco después abalanzarse sobre mí.
—¡Suéltame!
—¡Cállate, este será tu final!
Sus manos se apretaron alrededor de mi cuello, y por más que quise apartarla se me hizo imposible.

Aún estaba débil y el catéter inyectado en mi mano me impedía hacer movimientos amplios.
El aire se escapaba de mis pulmones, los cuales hacían todo lo posible por repartir oxígeno a todo mi cuerpo.
Me removí con fuerza en la camilla, pero no conseguí nada. Sólo podía ver su mirada repleta de maldad.
—¡Tanya! —Una voz masculina resonó por toda la habitación y segundos después sus manos soltaron mi cuello.
—¡Suéltame maldito!
—¡Quédate quieta!
Absorbí aire con fuerza, sintiendo como mi garganta ardía y mis pulmones hacían todo lo posible por recuperar el oxígeno perdido.
Una vez que mis ojos enfocaron las imágenes correctamente percibí como Ethan estaba sujetando a Tanya, sus brazos estaban detrás de su espalda, lo que imposibilitaba sus movimientos.

—¿Te has vuelto loca?
—¿Por qué estás actuando en mi contra, maldita sea?
—Esto se te ha ido de las manos —Ethan gruñó entre dientes y la sujetó con más fuerza. Pude ver la tensión enmarcada en la vena de su frente.
—¡Estaba a punto de lograrlo!
—Deja de decir estupideces.
—¡Lárgate por donde has venido maldito traidor!
Tosí con fuerza, lo que cortó sus palabras.
—Voy a llamar a la policía.
Ethan arrastró a Tanya hasta el quicio de la puerta, a pesar de sus protestas y pataleos, y llamó con fuerza a una enferma. La pobre muchacha se llevó un susto de muerte cuando él le exigió a gritos que llamara a la policía.

—¿Qué te ha ofrecido?, ¿por qué ahora estás de su lado?
—Ella no ha hecho nada. Nunca pensé que quisieras llegar tan lejos. Estás llena de odio.
—¿De qué estáis hablando?, ¿Ethan? —Mi voz sonó ronca, pero mi mirada le pedía explicaciones.
—Te lo aclararé todo después.
—No seas poco hombre, maldito estúpido. Dile la verdad, dile que estabas trabajando para mí.
—¿Qué-é?
—Cállate ya  —Ethan siseó y Tanya se rio con maldad.
—Oh claro, es verdad que ella aún no sabe nada. Déjame que te lo aclare todo.
—No lo harás.  
—Me encantan los retos.

Ethan intentó colocar su mano sobre la boca de Tanya, pero se lo impedí, ahora necesitaba que me dijese la verdad.
—Déjala hablar.
—Bells…
—Dímelo Tanya.
—Tu querido amigo me estuvo ayudando todo este tiempo. Gracias a él descubrí muchas más cosas sobre ti y sobre Edward. No me preguntabas siempre cómo sabía lo que pasaba en tu vida, bien, él es la respuesta.
—¿Qué-é es-estás diciendo?
—Dejaré que él te cuente los detalles, pero yo me aseguraría mejor del tipo de amigos que tengo.
—Di-dime que es mentira, Ethan, por favor, dime que es mentira…
—Bells, yo, yo… te lo puedo explicar…

A pesar de que quise impedirlo las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas sin freno alguno. Ethan, mi mejor amigo, en quien confiaba como en un hermano, me había traicionado…
Quise gritarle que se largara, que no lo quería ver más, pero la llegada impetuosa de dos agentes de policía cortaron mis palabras.
—¡¿Qué está pasando aquí?!
Tanya intentó soltarse, en un último intento de desesperación.
—Ha intentado asfixiarla —declaró Ethan.
—¿Tiene pruebas sobre ello?
—Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Usted lo corrobora? —uno de los agentes se dirigió a mí, mostrando una mirada expectante.
—Sí-í —mi voz fue un chillido agudo.
—No podéis probar nada estúpidos, yo no he hecho nada.
Tanya se sacudió con tanta fuerza que pensé que acabaría soltándose.

—Tendrá que venir con nosotros.
—¡No tenéis derecho a tocarme!
—Ayúdame Paul.
La agarraron por ambos brazos entre los dos. Se notaba que les estaba costando retenerla.
—¡Quitar vuestras asquerosas manos de mi cuerpo!
En un borrón que se tornó confuso los dos agentes lograron retener a Tanya, quien no paró de gritar durante todo el camino.
Su voz aguda y sus insultos punzantes se escucharon a lo largo de todo el pasillo, hasta que se convirtieron en un simple eco resonante.
Cerré mis ojos con fuerza, queriendo hacer desaparecer todo lo que tenía por delante. Estaba tan exhausta que lo único que quería era dormir y olvidarme de todo. Por supuesto Ethan no me iba a conceder ese privilegio.

—¿Bells, podemos hablar?
Lo miré con el ceño fruncido.
—¿De qué exactamente Ethan?, ¿de tu traición?, ¿de lo poco que vales? Dime.
—Yo… yo… no sé cómo explicártelo.
—No hay nada que explicar. Te has vendido, te has vendido como una maldita fulana.
—Sé que no merezco ni que me mires, pero de verdad, te lo puedo explicar.
—Bien, empieza, dímelo de una vez y después desaparece de mi vida…
—Yo… yo no sabía quién era ella. La conocí en un bar que hay frente a mi trabajo. Nunca me dijo que te conocía, ella simplemente se acercó a mí como cualquier mujer que busca la atención de un hombre. Me pareció preciosa, no te voy a engañar a estas alturas, me embaucó, me atrapó con su coquetería, su indecencia y sus actos directos. Sabía lo que quería, y sabía cómo conseguirlo.
Sentí asco ante sus palabras.

—Tuvimos algo intenso en muy poco tiempo, una relación puramente carnal, y me perdí. Me perdí por completo. Olvidé quién era, qué clase de pensamientos moralistas solía tener, mi búsqueda de la justia… Me cambió por completo, y cuando me tuvo al cien por cien me contó sus planes. Quería darte un merecido, un pequeño susto por haber sido una mala persona con ella. Me engañó, me contó una realidad sobre ti que yo no conocía, y… me lo creí, confié en sus palabras, en lo que me decía, en que todo lo hacía por buscar justicia…
—No quiero seguir escuchándote. Me das asco.
—Soy humano Bells, tengo debilidades.
—Hay millones de mujeres en el mundo.
—Ninguna como ella.
—Tienes razón, ella es mucho más frívola y maligna que ninguna otra.
—Yo no lo vi así en su momento… Nunca pensé que planeaba algo como esto, me dijo que no te haría daño, que sólo necesitaba un poco de información.

Eres un estúpido, ingenuo y estúpido.
Mis palabras le dolieron, pude verlo en sus ojos.
No me importó.
—¿Qué fue lo que hiciste?, ¿cómo lograste saber tanto sobre nosotros?
—So-soy periodista… conozco algunos trucos, sitios, ciertas personas que saben como investigar el pasado de cualquiera. Me pidió que instalara una cámaras de seguridad por toda la casa…
—¡¿Qué?!
—Yo… yo…
—¿Has puesto cámaras de vigilancia en mi casa?
—Bells… lo siento, de verdad que lo siento.
—¿Qué pasó con todo eso que asegurabas sentir por mí?, ¿dónde está? No te reconozco.
Tuve ganas de ponerme de pie y abofetearlo.

—Tú me rechazaste.
—Ahora me alegro de haberlo hecho.
—No digas eso…
—¿Cómo has podido Ethan? ¡Confié en ti!
—No lo hice con maldad…
—Eres un maldito hipócrita… —escupí cada palabra.
—¿Cómo puedo hacer que me perdones?
—¡Nunca te perdonaré!
—No, no, por favor…
Intentó acercarse y yo chillé con pánico.
—¡Vete!, ¡no te acerques!
Me removí con fuerza cuando tocó mi mano, la cual se elevó, estampándose en su mejilla.
—¡Desaparece de mi vida!

—¿Qué estás haciendo?
La repentina voz de Edward apareció de la nada. Apartó a Ethan de un empujón y me envolvió en un abrazo protector.
—Dile que se vaya, no quiero verlo.
Chillé mientras no paraba de llorar, estaba completamente fuera de control.
—¡¿Qué le has hecho?!
—Yo… yo sólo…
—¡Lárgate Ethan, vete de una maldita vez!
—No me obligues a sacarte de aquí —Edward lo amenazó con tono mordaz.
—Lo siento…
Su leve susurro se evaporó rápidamente en el aire.
—¿Estás bien?, ¿te ha hecho algo?
Me aferré a su camiseta, llorando y gritando, queriendo expulsar todo el dolor que sentía.

Lo de Ethan y Tanya había sido demasiado para mí. Demasiadas emociones, demasiados altercados en un solo día. No podía más. Mi cuerpo necesitaba liberar toda la tensión acumulada.
—Bella, Bella, amor, por favor, dime algo.
—¡No, no, no!
Edward me sacudió, pero yo no podía volver en mí. Estaba perdida.
Lloraba con fuerza, me faltaba el aire, mis pulmones se estaban quedando vacíos y mi corazón latía a un ritmo loco y desenfrenado.
—Respira Bella, por favor.
Sentía que me ahogaba, que el pánico me superaba.
Percibí lejanamente como Edward llamaba a alguna enfermera.
—Es un ataque de pánico, necesita un tranquilizante. Esto la hará sentirse mejor.
El profundo pinchazo de la aguja atravesando mi brazo me distrajo por unos pocos segundos. Empecé a sentir la tranquilidad y el sueño invadir mi cuerpo, hasta que ya no fui consciente de nada más.

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—Hola amor, ¿cómo te encuentras?
—Bien, un poco grogui todavía —sentía los músculos laxos, el cuerpo ido y la mente relajada.
—Es el efecto del calmante. Han decidido dejártelo puesto por un poco más de tiempo. Es más suave que el primero, por lo que podrás estar consciente.
—Es mejor así, ya no quiero que me duerman más.
—Antes era necesario, una crisis nerviosa de ese nivel no te hace bien.
—¿E-el bebé está bien?
—Sí, pero ambos estáis un poco delicados. Te han inyectado vitaminas, tendrás que seguir tomándolas hasta que tus niveles se regularicen.
—Lo haré, no voy a poner en riesgo a nuestro bebé. Lo siento.
Edward sujetó mi mano izquierda entre las suyas, trasmitiéndome calor y confort.

—Sé que no es culpa tuya. Todo esto nos ha sobrepasado, a los dos. Me asusté como el infierno cuando te vi en ese estado. Tuve que frenarme para no lanzarme contra Ethan. No sé qué te ha hecho, y tampoco sé si quiero saberlo.
—Ahora no quiero hablar sobre ello, pero te prometo que te lo contaré más adelante. Necesitas saberlo, lo que hizo nos afecta a los dos.
—Está bien, cuando estés preparada me lo dices. Tan sólo espero no encontrármelo por ningún sitio. No permitiré que vuelva a dañarte.
—Ya no lo quiero cerca, he roto cualquier lazo de amistad que tenía que él. Ya no me importa lo que haga o deje de hacer.
—Está bien, yo estaré ahí para ti, para escucharte cuando lo desees.
—No sabes cuanto te amo.
—Y yo a ti.
Nos fundimos en un largo beso que me devolvió la sangre al cuerpo.

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—Tendrás que quedarte un par de días más.
—¿Más?
—Sí, máximo tres. Aún estás muy débil y no puedo ponerte en riesgo. Quiero tenerte cerca para controlar que todo esté yendo correctamente.
—Pero ya no quiero seguir aquí.
—Sé que es un fastidio, pero no puedo hacerlo de otra manera.
—Dos días se pasaran muy rápido cariño.
—No tanto.
Edward se acercó a mí y besó mi puchero de niña pequeña. Mordió mis labios, distrayéndome por completo.
—Hazle caso a mi padre, es lo mejor para ti.
—Está bien, no replicaré más —suspiré hondamente.
—Mónica traerá tu comida en unos minutos.
—No quiero más gelatina —refunfuñé.
Ambos se rieron, pero no hicieron nada al respecto.

—¿Hoy tampoco vas a ir a trabajar?
—He pedido una semana libre. Mi jefe me debía algún que otro favor, no le ha quedado otra opción.
—¿Estás seguro de que no se enfadará?
—No, todo estará bien, despreocúpate.
—No me gusta que estés aquí, tan incómodo.
—Sólo será un día más. Mañana te darán el alta y podremos descansar.
—Estoy impaciente —unos golpes en la puerta interrumpieron mis palabras.
—Traigo tu comida Bella, he intentado cambiar un poco el menú.
Mónica se acercó a la camilla arrastrando un carrito metálico.
—Gracias Mónica, eres un cielo.
Estaba realmente agradecida. La desabrida gelatina había sido sustituida por un delicioso pastelito de chocolate, y el típico plato de consomé de pollo ahora era arroz con verduras y un apetitoso filete de ternera.

—Esto es comida de verdad.
—Ya no estás tan delicada como antes, es mejor ir cambiando tu dieta. Te he creado un menú que deberás seguir en casa.
—Gracias, lo haré.
—Voy a bajar a por un café, vuelvo en cinco minutos, disfruta la comida.
—Gracias amor.
Edward depositó un beso en mi frente y se fue con paso relajado.
—Tienes un novio guapísimo, estoy muerta de envidia.
Reí ante las palabras de Mónica. Era una chica joven, de no más de veintiocho años, castaña, con los ojos claros y unas graciosas pecas en su nariz. Tenía un rostro dulce y risueño.
—Es encantador.
—Ojalá que mi ex hubiese sido como él.
—¿No salió bien?
Resopló.

—Era muy soso. No le gustaba hacer nada interesante. Estar en casa jugando a los videojuegos era su mundo. Siempre intentaba que hiciéramos más cosas juntos, salir a bailar, a tomar algo, a dar un simple paseo, pero no, no le gustaba hacer nada de eso. Al principio era muy diferente, pero cambió demasiado deprisa, no quise adaptarme a ese tipo de vida.
—Lo siento mucho. Creo que cuando una persona antepone cosas tan banales frente a la persona que se supone que ama es porque no la merece.
—Lo sé… —soltó un suspiro doloroso.
—No debes perder la fe. Eres una chica guapa y dulce, muchos querrán ocupar su puesto.
—Quiero uno tan guapo como el tuyo.
Reí con fuerza cuando se abanicó con la mano.
—No puedo engañar a nadie, estoy increíblemente agradecida de tenerlo a mi lado. Es fantástico.
—Se nota que os amáis, os deseo lo mejor.
Sonreí con amabilidad, agradeciéndoselo.

Hablamos largo y tendido por al menos veinte minutos. Edward tardó un buen rato, y supuse que se habría quedado comiendo en alguno de los restaurantes que había frente al hospital. No me gustaba que se torturase estando todo el día conmigo. El sillón del hospital era muy incómodo, no dormía ni comía bien y eso me hacía sentir una mala persona. Ansiaba que llegara el día siguiente para poder salir de la clínica e irnos a nuestra reconfortante casa. Necesitábamos nuestra cama, grande y cómoda, un hogar cálido y estar de nuevo con Honey. Alice se estaba haciendo cargo de él, pero temía que su locura lo contagiara, o que acabara haciéndole la manicura.
—¿A qué vienen esas risas?
Mónica y yo nos miramos con complicidad y ambas nos reímos con picardía.
—Son cosas de mujeres.
—Esas palabras me asustan.
—No tienes nada que temer, no te haremos daño.
La estruendosa risa de Mónica echó a perder mi maliciosa mirada. Edward negó con la cabeza.
—No tienes remedio.
—Me amas.
—Para tu bien.

Mónica río suavemente y se coloró.
—Será mejor que me vaya, algún paciente podría necesitarme.
—Gracias por la comida, has sido muy amable.
—No hay de qué, te veo después.
Se despidió de Edward con timidez y salió rápido.
—¿Qué le pasa?
—Sólo la has puesto nerviosa.
—¿Yo? —Edward rio —pero si yo no he hecho nada.
—Eso es lo que tú piensas, pero no sabes el efecto que causas sobre las mujeres.
—Mónica es una chica guapa, tal vez pueda ir a ver qué está haciendo.
—No estás hablando en serio.
Fruncí el ceño y lo miré entrecerrando los ojos.
—Puede que sí.
—Ven aquí —jalé del cuello de su camiseta cuando estuvo lo bastante cerca.

—Estar tanto tiempo en un hospital me ha enseñado a poner inyecciones.
—¿Es una amenaza?
—Tómalo como una advertencia, no me obligues a ponerte un sedante.
—Eres aterradora.
—Pero tú me amas a mí.
—Sólo a ti.
—A nadie más.
Nos besamos con frenesí, sin poder detenernos.
—Estamos en un hospital.
—Para mi desgracia.
—Sólo queda un día.
—Estoy deseando que se pase rápido.
—Tú y yo no saldremos de la cama en semanas.
—¿Me lo prometes?
—Te lo juro. —Me besó, sellando nuestro pacto.

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—Al fin ha llegado tu ansiado día.
—No sabes lo desesperada que estaba.
Carlisle me ayudó a ponerme en pie.
—He traído una muda nueva. Edward la compró ayer.
—Gracias, eres muy amable.
—Por cierto, ¿dónde está mi hijo? —lo buscó con la mirada.
—Le he ordenado que vaya a dormir a casa. No soportaba ver lo incómodo que estaba en ese sillón tan estrecho.
—Me extraña que te haga caso, es muy testarudo.
—Tengo ciertas técnicas para controlarlo.
Ambos reímos con complicidad.
—¿Vendrá a recogerte o…?
—¿Tú qué crees papá?
Edward apareció repentinamente, callando las palabras de Carlisle.

—Debí imaginarlo.
Saludó a su padre con un apretado abrazo y después me besó con ternura.
—¿Cómo estás?
—Lista para irme.
—Es lo que necesitaba oír.
—Tienes que tomar tus vitaminas a la hora correcta para que hagan un buen efecto. Sigue la dieta hasta que ganes un poco de peso. Seguramente el ginecólogo te la cambiará en la próxima visita, dependiendo de cómo estén tus niveles. Edward, debes ayudarla a cuidar de la herida, ya está prácticamente curada, pero es mejor ponerle antiséptico y taparla por un par de días más.
—De acuerdo, todo claro.
—Dejaré que te cambies tranquila, nos vemos en unos días.
—Muchas gracias por todo, te debo mucho.
—No hay nada que agradecer.
Deposité un beso en su mejilla y me llevé un gran abrazo de su parte.

—Me gusta este conjunto —le dije a Edward una vez que me había puesto la ropa nueva.
—Es un alivio, eso de comprar, combinar y acertar con las tallas no es lo mío.
—Lo has hecho muy bien. Te llevas un beso de mi parte.
Sonrío y se dejó besar sin oposiciones.
—¿Cómo está Honey?
—Muy bien, Alice me ha dicho que está loco por volver a casa. Lo ha llevado dos veces a la peluquería, yo creo que lo tiene un poco harto.
—Pobre mi bebé, lo están torturando.
—Dijo que nos lo llevaría a casa mañana, después de su paseo de media hora de la mañana.
—Alice necesita un psicólogo.
—Ella es feliz así.
—Eso es lo mejor.
Terminé de recoger mis pocas pertenencias y las guardé en la mochila que Edward cargaba.

—Voy a pasar por la sala de enfermeras para despedirme de Mónica.
—Iré contigo.
—Tú irás al coche a esperarme en el parking.
—¿Huele a celos por aquí o son imaginaciones mías?
—Son imaginaciones tuyas.
A pesar de mi insistencia logró salirse con la suya.
—Bella, ¿cómo te encuentras?
—Fenomenal. Quería despedirme de ti antes de irme. Estoy muy contenta de que hayas sido mi enfermera.
—Muchas gracias, no tienes nada que agradecer.
—Espero verte por aquí algún otro día.
—¿Tienes alguna revisión más?
—Con el ginecólogo, dentro de un mes.
—Bien, intentaré pasarme por ahí para saludarte. Cuida mucho de ella Edward.
—Descuida, lo haré.

Charlamos por al menos quince minutos, le deseé suerte con su trabajo y acordamos vernos para tomar un café. Me agradaba mucho. Tenía una personalidad amena y sincera que me hacía confiar automáticamente en ella.
—Gracias por cuidar tan bien de ella.
Mónica se coloró en cuanto los labios de Edward se posaron en su mejilla.
—De nada —dijo entrecortadamente.
Me despedí de ella con alegría y fuimos hacia el parking.
—¿Quieres ir directa a casa?
—Sí, ¿por qué?, ¿quieres ir a algún otro sitio?
—No, era por si tenías hambre o algo así.
—No, prefiero irme a casa. Quiero lanzarme sobre mi cama, tomar chocolate caliente y darme un largo baño de espuma.
—Me has excluido por completo de tus planes.
—No, para nada.
—¿Segura?
—Claro, alguien tiene que prepararme el chocolate.

Edward estuvo riéndose por al menos cinco minutos seguidos.
—Eres terrible.
—Si lo haces bien dejaré que me frotes la espalda.
—Tomarás el mejor chocolate que puedas imaginar.
—Eso habrá que verlo.
Besé su mejilla estruendosamente.
Inspiré el delicioso aroma de lavanda y fresa que impregnó mis fosas nasales nada más abrir la puerta.
—¿Has puesto incienso?
—Sí, lo compré en un mercadillo que había a la vuelta del hospital.
—Huele maravillosamente.
Me colgué de su cuello nada más cerrar la puerta. Lo besé hasta el cansancio y más, no teniendo suficiente de él nunca.
—Te he extrañado demasiado.
—Yo mucho más.

Nuestros besos subieron de volumen con rapidez. Toqueteábamos el cuerpo del otro con desesperación, queriendo sentir piel con piel lo más pronto posible.
—¿Qué te parece si vas llenando la bañera, poniéndole alguna de esas cosas de olores que tienes y me esperas ahí?
—¿Dónde irás?
—Tengo un chocolate que preparar.
—Está bien, no te demores o tendré que empezar yo sola.
—No seas traviesa.
Me marché corriendo cuando palmeó mi trasero con picardía.
Llené la bañera con agua tibia, le añadí sales de baño con olor a vainilla y una bomba efervescente espumosa.
Me desnudé mientras las sales y la bomba hacían su efecto y me estremecí cuando mi piel tocó el agua tibia. Me relajé por completo mientras esperaba la llegada de Edward.

—¿Puede haber algo más excitante?
La voz de Edward me hizo abrir los ojos, y me enamoró la escena que había frente a mí.
Portaba una bandeja marrón con una gran taza repleta de chocolate, nata montada por encima espolvoreada con cacao y un marshmallow rosa. Había también tres galletitas de mantequilla en forma de corazón y tres preciosas rosas rojas.
—Eres adorable.
Se arrodilló al lado de la bañera y me tendió la humeante taza de chocolate.
—Gracias amor. Esto está delicioso.
—Esto te dará el toque perfecto.
Cogió una de las rosas y espolvoreó sus pétalos en el agua. Quedaron flotando a mi alrededor, haciendo cosquillas en mi piel.
—Venga entra aquí conmigo.
Mordisqueé una galleta mientras él se quitaba la camiseta.

—¿Vas a hacerme un striptease?
—Esto se trata sobre algo romántico.
—¿Quién dijo que un striptease no podía ser romántico.
Negó con la cabeza.
—En otra ocasión.
Seguí sus movimientos con mi mirada cuando en vez de meterse en la bañera volvió a arrodillarse al lado de ella.
—¿Sabes que te amo, verdad? —asentí con vehemencia—. Eres lo mejor que me ha pasado y te estoy inmensamente agradecido por darme otra oportunidad, por perdonar mis errores y todo el dolor que te he causado por no saber escucharte.
—Eso ya no importa ahora.
—Tienes un corazón enorme y yo me siento completamente honrado de que me lo hayas entregado a mí.
—Por siempre —susurré acariciando su mejilla.
—Juro solemnemente cuidarlo, adorarlo y nunca más dañarlo.

—Edward… —murmuré, sintiendo que me estaba poniendo sentimental y que como continuara hablándome así terminaría llorando.
—Lo que más deseo en esta vida es tenerte por siempre junto a mí, hacerte feliz, compartir todo lo que tengo contigo. Ahora ya no sólo se trata de nosotros dos. Ese pequeño ser que se está formando en tu interior es lo más hermoso que podrás darme.
—Dios mío… —no pude evitar llorar por la emoción. Las cálidas lágrimas recorrieron mis mejillas.
—Prometo amarte por siempre. Necesito que me digas que sí.
—¿A qué?
—¿Quieres casarte conmigo?
Un leve chillido abandonó mi garganta cuando lo vi abrir una pequeña cajita de terciopelo que guardaba un precioso y delicado anillo plateado, coronado por un pequeño diamante.
—Sí quiero —susurré mientras lo besaba con todo el amor que sentía en ese momento.
Deslizó el anillo en mi anular y yo me sentí totalmente completa.



Hello people! :)

Estoy apareciendo de nuevo, después de muchísimo tiempo.
Siento estar tan ausente, pero mi vida está siendo demasiado ajetreada. Incluso he tenido problemas de estrés por no parar quieta.
Espero que les guste y lo disfruten.
Un fuerte abrazo.
K. Crazy Cullen.

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