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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

viernes, 1 de abril de 2011

Capítulo 19: Fantasmas del pasado.

Capítulo 19: Fantasmas del pasado


Pov Bella:


Eran sobre las nueve de la noche, el soleado día de la mañana había dado paso a una noche libre de estrellas. El cielo se había ido tiñendo de un tono anaranjado cada vez más apagado hace un par de horas. El sol se escondió en el horizonte relevándole el trabajo a una perfecta luna llena que se reflejaba en todas las ventanas.
A pesar de que en esta época del año los días eran lo suficientemente cálidos como para permitirnos portar jerséis finos o incluso camisetas de manga corta, las noches se tornaban frías y airosas, recordándonos que el invierno aún estaría presente por un tiempo.
Sentía la casa extrañamente fría en comparación con otros días. La temperatura de mi cuerpo había descendido en picado haciéndome tiritar y castañear los dientes incesantemente.
Mi mirada estaba perdida en algún punto imaginario de la pared de azulejos que cubría el cuarto de baño.
El agua había perdido la calidez hace varias horas y la baja temperatura de la misma se calaba en mis huesos como finas agujas.
Ni siquiera el frío me concedió la fuerza de voluntad necesaria para moverme, pestañear o respirar. Mi imagen era lo más parecido a una estatua.
Gélida, inmóvil, carente de expresiones.

El silencio era ensordecedor.
Mi mente divagaba en mil cosas y en nada a la vez. Todo estaba tan tranquilo y silencioso que podía escuchar hasta la suave brisa golpeando contra la ventaba de la pared contraría a donde me encontraba.
Las hojas de los árboles se mecían con mal disimulada pereza y sus ramas, que estaban empezando a florecer con lentitud, se veían tan tristes como yo me sentía.
El tiempo siguió corriendo hasta que perdí la cuenta. Temía la tardanza de Edward pues nunca se retrasaba. A excepción de hoy.
Agradecía el tiempo extra a solas; para pensar e intentar sobrevivir al naufragio en el que se encontraba mi vida.
Giré mi cuello, rígido y agarrotado, con extremada lentitud, siendo consciente de cada músculo, hueso y articulación que se movía con dificultad, como un engranaje oxidado.
El sonido de las llaves al chocar contra la puerta y el portazo posterior cuando esta fue cerrada se escucharon como un huracán que arranca una casa de cuajo. Mi piel sensibilizada y maltratada se estremeció dentro del agua helada en la que llevaba sumergida por un mínimo de dos horas. Había perdido la cuenta hace tiempo.

La hipotermia leve que empezaba a atravesar me tenía agarrotada y me impedía mover un solo músculo. No quería moverme de todas maneras. No hubiese podido. Me sentía catatónica.
La única señal que demostraba que todavía era un ser humano eran las lágrimas en mis ojos, las cuales bañaban mis mejillas y morían en la bañera, mezclándose con el agua estancada.
No podía detenerlas. No era capaz de detenerlas.
Edward pronunció mi nombre con fuerza, buscándome por la planta baja de la casa. Sus pasos se movían de izquierda a derecha mientras me llamaba y luego se trasladaron a la escalera.
<<No quiero que me encuentre>>, pensé horrorizada, aunque sabía que era inevitable.
Le ordené a mi cuerpo que se moviera, que reaccionara, que hiciera algo a parte de llorar, temblar y estremecerse. No dio resultado. Tenía la mente tan blanca como la piel pálida.
El pasado me tragó sin esfuerzo alguno, convirtiéndome en un ser inútil.

Sus pasos se escucharon al otro lado de la puerta del cuarto de baño, pero no entró. Se dirigió hacia el que ahora era nuestro dormitorio, buscándome primeramente en esa habitación.
Sus llamados habían cesado y yo sabía que estaría preguntándose dónde me había metido, tecleando mi número en su móvil para poder localizarme más rápido.
No daría resultado. El pequeño aparato estaba perdido en algún rincón de mi coche. Tan olvidado y solitario como me sentía yo desde lo que parecía un tiempo demasiado largo.
Agucé el oído para poder escuchar sus próximos movimientos, rogando que su búsqueda cesara y no me encontrara nunca. Odiaba la idea de que me encontrase en este estado de dejadez y abandono pero no podía olvidarlo. El pasado se cernía cada vez con más fuerza sobre mis hombros. Aplastándome. Hundiéndome en la más absoluta nada.
Sus movimientos frenaron a una distancia prudente de donde yo me encontraba y pensé, esperanzada y temerosa al mismo tiempo, que dejaría de buscarme y se iría. No dio resultado.

La manija de la puerta vibró, y el movimiento rápido y sencillo me pareció en cámara lenta.
Me encogí mucho más dentro de la bañera, hundiendo la cara en mis rodillas flexionadas, sintiendo que mi piel tenía una temperatura anormal.
—¿Bella?, ¿estás aquí?
La honda exclamación de asombro que soltaron sus labios me confirmó que me estaba viendo, pálida y tiritona dentro de una bañera a rebosar de agua helada que en algún momento fue cálida.
—¡Bella! —Corrió hacia mí y cayó de rodillas al lado de la bañera—. ¿Qué te ha pasado?, ¿estás bien?
No me moví, ni siquiera pestañeé completamente aterrada por lo que pudiese estar pensando de mí al encontrarme en esta situación tan absurda y desesperada.

—¿Qué ha pasado?, ¿qué haces aquí dentro?
Metió los brazos en el agua y fui capaz de escuchar su siseo al chocar contra el contraste de temperatura. Temblé mucho más.
—¿Puedes oírme? Bella por favor, dime algo.
No pude.
Agarró mi cuerpo colocando sus brazos debajo de mis rodillas y en la parte alta de mi espalda. Me elevó sin dificultad aparente y me apretó contra su torso, mojando sus propias ropas en el proceso. Sentí los músculos de su abdomen estremecerse ante el frío.
—Bella por dios, estás helada.
No lo miré. Mis ojos estaban perdidos en el frente, negándome a observar su rostro preocupado.
—Dime que te ha pasado amor, por favor.
Mis dedos se aferraron por inercia a la tela de su camisa de vestir, lanzado aguijonazos de dolor a mi cerebro debido a la rigidez de mis músculos producida por el frío. Temblé con más fuerza y lloré sin control.

—Todo estará bien amor, estoy aquí, contigo.
Besó mi frente y se movió hacia al dormitorio.
—Vamos a quitarte esta ropa empapada y a darte un poco de calor. Vas a enfermar como sigas estando así de helada.
Me sentó en el borde de la cama y se movió rápidamente hacia el armario, buscando ropa abrigada entre los cajones. Lo vi agarrar un pantalón de chándal de color cereza y una sudadera negra que sabía era de él pero que yo me había apropiado para estar en casa por lo cómoda y reconfortante que era.
—Ven aquí cariño, pronto te sentirás mejor.
Admiré su entereza y su tranquilidad ante una situación tan extraña.

Sus dedos desabrocharon con agilidad los pequeños botones de mi jersey marrón. Cerró los ojos por un par de segundos al ver mi piel pálida enrojecida y lastimada.
—Todo estará bien amor, te lo prometo. Necesito que vuelvas a mí, que me digas qué te ha pasado.
Bajé mi mirada centrándola en el suelo de la habitación y negué levemente con la cabeza. No podía contarle nada. No tenía control alguno sobre mi cuerpo o mi voz. Actuaba como una autómata.
Intentó desabrochar el botón en forma de perla que coronaba el cuello de mi camisa de color melocotón cuando mis manos se movieron con agilidad y sujetaron las suyas, que se quedaron estáticas agarrando la pequeña pieza.
Negué con la cabeza con frenesí y lo miré con horror.
—Tengo que quitarte esta ropa empapada cariño, antes de que tu temperatura baje mucho más. Confía en mí. Te hará bien.
Aferré sus dedos por unos minutos que parecieron eternos, ordenándole a mi cerebro a actuar como una persona normal.

Solté sus dedos con resignación y le dejé continuar a pesar de que lo último que quería era exhibir mi cuerpo desnudo frente a él.
Captó mi preocupación y renuencia y terminó de cambiar mi ropa con velocidad, mirando mis ojos en todo momento. Concediéndome la privacidad que tanto necesitaba.
Una vez que colocó unos gruesos calcetines en mis pies tendió una manta alrededor de mis hombros y friccionó mis brazos.
—Métete en la cama amor. Iré a prepararte un té caliente.
Volvió a besar mi frente e hizo un amago de sonrisa que no le llegó a los ojos.
Me estremecí con más fuerza. Ya no por el frío, sino por saber toda la preocupación que estaba provocándole.
Cuando se puso de pie y se giró para ir hacia la cocina mi voz hizo acto de presencia.
—Él ha regresado Ed. Ha regresado y me ha encontrado.
Se quedó rígido en el quicio de la puerta y su cuerpo crispado me confirmó que sabía de quien le estaba hablando.
El caos acababa de empezar.

¬.¬.¬.¬.¬ 12 horas antes ¬.¬.¬.¬.¬

Mis párpados se movieron como el aleteo de una mariposa, abriéndose renuentes a un nuevo día. Los tenues rayos del sol, que salía con pereza por el este, se colaban por la ventana del dormitorio, impactando contra el espejo de la puerta de los armarios y reflejándose en la lámpara de la mesilla de noche que se encontraba a mi izquierda.
Coloqué las palmas de mis manos sobre mi vientre y jugueteé con la sábana que me cubría hasta la altura de los pechos.
Mi boca se abrió mostrando una sonrisa grandiosa que reflejaba a la perfección la felicidad y satisfacción que sentía. No sabía cómo me sentiría después de confesarle a Edward todo mi pasado. Las malas decisiones y las consecuencias, pero no esperaba la tremenda sensación de paz y relajación que abarcaba mi pecho, justo donde se situaba mi corazón, y descendía por mi abdomen, difuminándose por mis extremidades y cubriéndome entera.

No me sentía culpable ni asustada.
Edward me había aceptado por completo, con todos mis demonios internos incluidos. Había sabido digerir toda la información con estoicismo trasmitiéndome mucha más valentía.
La aceptación completa y comprensión que había tenido me hacían flotar por las nubes. No iba a perderlo. No saldría corriendo. Se quedaría conmigo por un tiempo indefinido que me hacía inmensamente feliz.
Yo lo quería para siempre. Sabía que jamás lograría cansarme de él.
Era imposible que me cansara de tener junto a mí al amor de mi vida.

Giré mi rostro para poder observar el suyo. Mostraba una imagen relajada y tranquila. Los rayos del sol se habían movido y tapaban solo una parte de su rostro, iluminando su mitad con un brillo grandioso.
Me acerqué más hacia él y me acurruqué a su lado, queriendo detener este momento para toda la eternidad.
La mano que se escondía bajo la almohada se movió hacia mí y se colocó alrededor de uno de mis pechos, aferrándose a él con cuidado.
Apretujó la mejilla contra la almohada y continuó con su plácido sueño, como si dormir en esa posición fuera lo más natural del mundo.
Me reí entre dientes negando con la cabeza.
Mi estómago rugió en protesta por la falta de alimento y la idea de tomar un café con un trozo de pastel de chocolate se me hacía exquisita. Me debatí entre desayunar o seguir en la cama con Edward por un par de minutos. Ganó lo primero. Preferí dejarle dormir a sus anchas media hora más hasta que tuviera que despertarse para ir al trabajo. 

Me moví con cuidado de no despertarlo y lo miré con perspicacia cuando ahuecó más mi pecho dentro de la palma de su mano. Sospechaba que ya estuviese despierto.
Lo observé por un tiempo pero todo parecía indicar que dormía. Solté sus dedos uno a uno y me moví hacia el borde de la cama.
—¿Estás intentando huir de mí? —su voz ronca transmitió un escalofrío de placer por mi anatomía.
—Sabía que estabas despierto.
—Mentirosa.
—Lo sospechaba al menos.
Enredé mi índice en la hebra de cabello que le caía en la frente.
—¿A dónde vas?
—A preparar el desayuno.
—Mi mano estaba a gusto en la posición de antes.
Volvió a posarla sobre mi pecho, concentrándose en mi pezón y haciendo que me estremeciera con más ímpetu.

—Eres posesivo hasta cuando duermes.
—Estaba teniendo un sueño fabuloso —me sonrió con picardía.
—¿Puedo saber de qué trataba?
—Preferiría mostrártelo.
En un movimiento veloz que no pude predecir se colocó sobre mí, atrapando mi cuerpo entero con sus piernas y brazos.
—Ey, no puedo moverme.
—Esa es la idea.
Besó mis labios con pasión y aferró sus manos con más fuerza alrededor de mis muñecas, las cuelas estaban atrapadas contra mis muslos.
—Así es como se dan los buenos días —susurró cerca de mi boca.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez.
Volvió a besarme con fruición.

—Quiero quitar estaba sábana y acariciar cada parte de ti.
Me deshice sobre el colchón.
—¿Qué te lo impide?
—El tiempo. No puedo llegar tarde al trabajo hoy.
—No es justo. Primero me provocas y luego te marchas. —Le hice un puchero.
—Si duermes desnuda a mi lado no puedes pretender que mantenga las manos quietas.
—Yo no me quité la ropa ayer. Te recuerdo todo emocionado anoche mientras lo hacías tú.
—No puedo negarlo. No puedo resistirme a ti.
—¿Ni… ni siquiera con todo lo que te conté ayer…?
Me sentí débil al hablar. Temerosa de lo que pudiese decirme.
—Nada cambiaría mi concepto sobre ti. Todo lo que me has contado me ha hecho darme cuenta de lo valiente que eres. Has superado cada obstáculo con estoicismo, sin rendirte ni renunciar a tus propósitos.
—Tu presencia me ha hecho más fuerte.
—Estoy encantando de ayudarte a superar las barreras. Quiero que tengas muy claro que te amo, que toda tú me encantas y que pienso quedarme a tu lado por siempre.

Mi corazón explotó de felicidad y se fue volando por la ventana.
Lo besé con toda la pasión contenida que pude trasmitirle. Desenmascarando mis sentimientos y mostrándoselos tal y como eran. Puros y verdaderos.
—Ven a la ducha conmigo —susurró mordisqueando mi labio inferior.
—Nos demoraremos ahí dentro —contesté con pesar.
—Tal vez si nos damos prisa…
—Tengo tantas ganas como tú de continuar con esto, pero llegarás tarde y no quiero que te pase nada por ir a toda velocidad por la carretera.
—Odio cuando tienes razón.
Salió de la cama irresistiblemente desnudo. Me lo comí con los ojos por completo.
—Me gustan las vistas.
Su sonrisa perversa hizo hervir la sangre de mis venas. Estaba tan seguro en su propio cuerpo que mostrarse desnudo frente a mí no le suponía problema alguno. Esperaba llegar a ese punto alguna vez.

Sentada sobre la cama y dándole la espalda busqué mi bata de seda a los pies de la misma y la coloqué para taparme antes de enderezarme.
—Iré a preparar el desayuno. Te espero abajo.
—No tardaré nada.
—Tómese el tiempo que necesite señor Cullen.
Recorrí la suave piel de su pecho con la uña de mi dedo índice. Gruñó bajito.
—Te encanta torturarme.
—No te haces una idea de cuanto.
Quiso besarme y yo giré mi rostro para que sus labios dieran de lleno con mi mejilla.
—Nada de incentivos. Todavía me debes una.
Elevó la ceja derecha con desafío.
—¿Crees que no seré capaz de robarte un beso en condiciones?
—No si me voy antes de que intentes atraparme.

Salí corriendo del dormitorio, chillando como una enana cuando sentí sus pasos detrás de mí a los pocos segundos.
Trastabillé con la puertezuela de madera que dividía las escaleras y choqué de golpe contra tres enérgicos perros que se querían unir a mi diversión.
—¡Buenos días, amores míos!
—Bella ven aquí.
—Atrápame.
Los cuatro salimos corriendo disparados hacia la sala. Mojito ladró con su aguado tono de voz mientras Rosi y Bear saltaban sobre sus patas traseras.
—Tengo refuerzos.
Edward frenó su carrera en seco cuando me vio de pie sobre el sofá con los tres perros guardando mi posición.
—Eso no es justo. Estoy jugando solo.
Los tres perros lo miraban excitados, con sus lenguas colgando fuera de sus bocas a la espera de su próximo movimiento.

—¡A por él!
El pistoletazo de salida les hizo correr con desenfreno hacia Edward, quien los esperaba arrodillado y con los brazos abiertos.
No fue una buena idea.
En cuanto impactaron contra su cuerpo los cuatro cayeron en una bola gigante formada por perro-perro-humano-perro.
La alfombra amortiguó el golpe.
—¿Estás bien? —Salté del sofá y me acerqué a ellos.
Edward reía mientras los perros se encargaban de bañarlo con sus lenguas. Mojito jalaba del dobladillo de su pantalón de chándal, Rosi estaba panza arriba sobre uno de sus brazos y Bear tenía sus patas delanteras apoyadas en su muslo.
—Sólo faltas tú.
No me dio tiempo a procesar sus palabras. Jaló mi mano con fuerza y mi cuerpo impactó contra su torso en un movimiento más suave de lo que me esperaba. Chillé en el proceso.

—Nos hemos levantado con mucha energía hoy.
—Y eso que no hemos desayunado nada aún.
—Tienes algo que me pertenece.
—¿Yo? —Batí mis pestañas con inocencia.
—Sí señorita Swan. Usted.
Calló mis protestas con su boca en un beso que nos fundió y nos convirtió en un solo ser. Los ladridos de los tres perros rompieron nuestra burbuja.
—Los estamos ignorando —reí cuando los vi parados a los tres juntos, mirándonos con expectación.
—Venir aquí.
Edward abrió sus brazos todo lo que pudo y los tres acudieron raudos hacia él. Nos apretujó en un apretado abrazo que me hizo reír. La cola de Rosi chocaba contra mis costillas con sus rápidos meneos de felicidad.
—Estas bolas peludas son unos envidiosos.
—Te adoran tanto como yo a ti —besé la punta de su nariz—. Será mejor que te des prisa.
Cinco minutos después todavía seguíamos tumbados en el suelo. Mi mejilla estaba apoyada sobre su corazón y mis manos entrelazadas. Podía sentir sus latidos chocar contra las yemas de mis dedos.
Eso momento fue guardado en mi memoria como completa felicidad.

—Será mejor que me vaya ya antes de que decida hacer huelga y no ir a trabajar.
—No seas irresponsable.
—No es mi culpa. Tu presencia me distrae.
Recoloqué el nudo de su corbata y deposité un besito en el lateral de su cuello.
—Te estaré esperando esta noche. Espero que todo salga bien.
Mi voz sonó amortiguada por su piel.
—Si no te detienes no seré capaz de marcharme.
Mordisqueé su piel por última vez.
—Piensa en lo que nos depara esta noche y el tiempo se te pasará más rápido.
—Agónicamente lento más bien.
—Vamos, te acompaño hasta afuera.
Lo despedí con la mano mientras se metía en su auto y se perdía en la carretera llena de coches.
Una sensación de desapego e inusitada tristeza se apoderó de mi corazón, estremeciéndome y transmitiéndome la sensación de que no todo iba tan bien como creía.

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Llegué a la clínica a las nueve de la mañana y observé mi agenda en el móvil mientras la puerta metálica se abría hacia arriba provocando el estridente ruido chirriante al que nunca me acostumbraría.
La agenda me recordó que a las once de la mañana tendría que realizarle una castración a un mastín de ocho meses y una limpieza dental a un Pomerania de diez años.
No eran procedimientos complicados. Había realizado tantos a lo largo de mi carrera que ya podría hacerlos hasta con los ojos cerrados.
Elliot me ayudaría con la castración y Alice con la limpieza, por lo que no habría ningún problema.
Pasé a mi oficina y suspiré al encontrar la gran cantidad de papeleo que había sobre el escritorio caoba. Tenía mucha información que clasificar e ingresar en el ordenador además de actualizar las cartillas y programar la alarma para que el auxiliar que trabajaba con nosotros no se olvidara de avisarle a ningún propietario de las fechas de vacunación y desparasitación de sus mascotas.
Me puse manos a la obra aprovechando el silencio y la soledad de la clínica. Alice y Elliot no llegarían hasta las diez, momento en el que la actividad empezaba su cuesta arriba.

El golpe de nudillos en la puerta de mi oficina me abstrajo de mi momento de pura concentración. Ni siquiera me di cuenta de que ya había pasado una hora.
—Adelante.
—¡Hola Bellita!
Alice entró como un torbellino, cerrando la puerta con la cadera y lanzándose hacia mí en un apretado abrazo peliculero.
—¿Tan pronto y con tanta energía?
—Es el azúcar. Jasper me preparó esta mañana fresas con dulce de leche.
Besó la cima de las yemas de sus dedos y lazó un beso al aire.
—Tendré que hablar con él y decirle que no te mime tanto.
—Ja, ja, ja… muy graciosa. —Me lazó una mirada perversa—. Créeme que lo último que hicimos fue comer las fresas.
—Eres imposible.
—Es muy sexy, no es mi culpa.
—Sí que es sexy.
—Aleja tus ojos de mi hombre, mujerzuela.
Reí con fuerza ante el tono de su voz. Un intento fracasado de autoridad.
Siempre le gastaba la misma broma.

—Bueno, basta de risas. Tenemos un tema pendiente.
La sonrisa se borró de mi rostro en automático.
—¿Lo tenemos?
Sabía hacia donde irían los tiros y no quería recordarlo.
—Sí. ¿Qué pasó la otra noche entre Edward y tú?
—Nada.
—Bella… —dijo con advertencia.
Suspiré con hastío.
—Está bien, te lo diré.
—Es lo mínimo.
—Pero no quiero que hagas una montaña de todo lo que te cuente —asintió—. Discutimos.
Me miró expectante, esperando que le dijera algo más.
—¿Y…?
—Estuvimos a punto de romper.
Abrió sus ojos con horrorizada sorpresa.

—¿Por qué?, ¿qué pasó?
—Tuvimos un malentendido un poco brusco.
—Podrías por favor dejarte de rodeos —dijo con frustración.
Pensé en si contarle o no lo que había pasado. No quería volver a involucrarla en los temas relacionados con James o Victoria. Prefería que estuviese al margen y ajena a la maldad de esas dos personas. No tenía que involucrarse y convertirse en un posible centro de atracción. Opté por la opción rápida y suave.
—Digamos que todo se resume en malas decisiones. He sido muy cobarde y hasta ayer él no sabía nada de mi pasado. Tuvimos una discusión acalorada, pero supimos hablar sobre lo que pasó y ya hemos hecho las paces.
—No creas que la poca información que me has dado me ha dejado satisfecha.
—Es mejor así Alice, de verdad. Sabes que si fuese más importante te lo contaría sin dudarlo.
—No sé, estabais muy diferentes cuando os fuisteis.
—Lo sé, pero en casa solucionamos todo.
Suspiró con resignación.

—Está bien. No preguntaré nada más. Te daré intimidad.
—Gracias.
—Pero… —me temí lo peor—, ¿has dicho que Edward ya lo sabe todo sobre ti?
—Sí —sonreí—, se lo conté anoche. Había estado esquivando esa conversación por mucho tiempo, temerosa de lo que pudiese pensar acerca de mí. Estaba convencida que saber mi historia le haría alejarse.
—¿Por qué? Él te ama.
—Lo sé. Pero tú conoces lo duro que fue todo. Su reacción era impredecible para mí. Sabes que soy muy insegura y que me costó mucho aceptar que estaba realmente interesado en mí.
—Ya te he dicho que todas esas inseguridades que tienes están muy mal infundadas. Eres preciosa Bells, por fuera y por dentro. Sé que Edward te ama de corazón y que no eres algo pasajero en su vida.
—Me ha costado un poco hacerme a la idea de aceptar los sentimientos. El amor que siento por él es tan intenso que me deja noqueada. No quiero dar un paso en falso.
—Estoy segura que él supo comprenderte perfectamente.
—Lo hizo. Mejor de lo que esperaba.
—Lo ves. Tienes que dejar de tener miedo.
—He mejorado muchísimo a su lado Al, no te haces una idea de cuanto.
Sonrió y acarició mi mejilla.

—¿Por qué crees que Edward me cae tan bien?
—¿Su personalidad dinámica?
—No —rio con ganas—. Porque sus sentimientos son tan sinceros y reales que se trasmiten antes de que pronuncie una sola palabra. Lo observaba cada vez que estaba contigo y sabía que no era capaz de apartar los ojos de ti. Estaba consciente todo el tiempo. Atento a si necesitabas algo y dispuesto a ayudar en todo momento. Te quiere de verdad Bella. No deberías ponerlo en duda.
—No dudo de sus sentimientos —elevó la ceja con perspicacia—. No lo hago… bueno, puede que al principio dudase un poco, pero es normal. La única vez que me enamoré salió desastrosamente mal. No podía fiarme tan rápidamente.
—¿Crees que Edward y James tienen algo en común?
—¡No! —enfaticé negando con la cabeza—. Pero no podía tirarme al vacío sin pensar en las consecuencias. Yo estoy tan atrapada por él que me aterroriza la idea de que cambie de parecer.
—Sabes que no lo hará.
—Lo sé ahora, pero James me marcó mucho y tenía muchas inseguridades. Aún las tengo.
—Estar con él debería ayudar.
—Lo hace. Nuestra relación ha ido cambiando mucho con el tiempo.
—Me alegro mucho de oír eso. Ya sabes que cuentas con mi apoyo incondicional.
—Lo sé. Muchas gracias.

—Buenos días morenas.
Elliot entró en la oficina con su gran sonrisa deslumbrante.
—Buenos días Elliot, ¿qué tal tu fin de semana?
—Aburrido —frunció los labios—. Nada nuevo. ¿Y el vuestro?
—Bastante bueno.
—Tenemos una castración ahora, ¿no?
—Sí. Puedes ir preparando todo. Yo recibiré al dueño de Pipo.
—Perfecto. Nos vemos en el quirófano.
—Tendrás que hacerte cargo de los clientes que entren mientras tanto Al.
—No hay problema.
—No debería haber mucho ajetreo. Aún es pronto.
Salió de la oficina para ir a cambiarse de ropa y ponerse el pijama de trabajo, dejándome con una sensación reconfortante en el pecho. Hablar con Alice me ponía siempre de buen humor.

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—Señorita Isabella, ¿tiene un momento?
—Dime Clara.
La aludida se restregaba las manos con nerviosismo y esquivaba mi mirada.
—Ha habido un poco de lío estos días…
—¿Habéis tenido mucho trabajo en urgencias?
—Un par de intoxicaciones, pero nada grave.
—Mejor.
—Yo bueno… err… Había olvidado informarle de algo.
—¿Qué pasa?, ¿está todo bien?
—Hace una semana le llegó esta invitación para una conferencia sobre propedéutica clínica, cirugía y herpetología.
—Genial, ¿dónde es?
—En la universidad, en Gainesville.
—Umm… un poco lejos.
—Piden por favor que acuda. Irán todos los estudiantes de su promoción.
Volvió a remover sus manos, jugueteando con la tarjeta que tenía entre ellas.

—¿Para cuándo es? Debo prepararme con tiempo.
—Es… es que yo… emm… bueno… había olvidado que debía dársela y…
—¿Podrías ir al grano, por favor?
Llegó un paciente más, a parte de los cinco que esperaban en la sala de espera, no tenía tiempo que perder.
—Es para hoy… —susurró.
—¿Qué?
—Empezará alrededor de las tres de la tarde.
—¡Pero si ya son casi la una!
—Lo siento muchísimo. Se me había olvidado por completo.
Tuve ganas de estrangularla con lo primero que tenía a mano: nada más y nada menos que el fonendo. Lo medité mejor. Era un artículo costoso.
—Dios mío… La clínica está patas arriba.
—Siento no haberle avisado con tiempo señorita Swan.
—Hablaremos de ello cuando regrese. Vuelve a tu trabajo.
Asintió y se fue prácticamente corriendo.

Fui a la sala de personal a cambiarme de ropa lo más rápido posible. Me cepillé el pelo y retoqué mi leve maquillaje. Me alegré de llevar una ropa semi formal ya que no quería ir a la conferencia echa un desastre.
Pasé corriendo por el cubículo número dos donde estaba Alice revisando a un Maine Coon, para avisarle de las novedades. Me dijo que el día se volvería mucho peor con dos manos menos, pero fue bastante comprensiva.
Me informó de que ella sabía sobre la conferencia y que su turno de ir sería la semana próxima, cuando el tema a tratar fuera diagnóstico por imagen, lo cual era su especialidad.
No me había avisado nada porque pensó que Clara lo había hecho, a fin de cuentas era parte de su trabajo como ATV en prácticas.
Salí corriendo hacia mi coche sabiendo que tenía una hora y media de camino por delante. Con suerte sino había mucho tráfico llegaría con unos veinte o quince minutos de sobra. 
Clara iba a escucharme cuando regresase.

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Sonó mi teléfono móvil, interrumpiendo la aplicación de GPS que tenía activada para llegar hasta la universidad.
El nombre de Edward en la pantalla me hizo sonreír en automático.
—Hola amor —su voz ronca y susurrante revolucionó las mariposas de mi estómago.
—Hola cariño, ¿cómo estás?
—Bien ahora. He podido tomarme unos quince minutos para comer algo.
—¿Has tenido mucho lío?
—Esto ha estado un poco patas arriba. Siento decirte que me retrasaré hoy.
Fruncí los labios.
—¿A qué hora llegarás?
—Espero que no más tarde de las siete.
—Bueno te estaré esperando con la cena preparada.
Esperaba llegar a tiempo yo también. Sabía de antemano que la conferencia podía durar hasta cuatro horas, lo que me haría llegar a casa prácticamente a las nueve.
—¿Qué estás haciendo?
—No vas a creer hacia donde voy.
—¿Dónde?
—Mi antigua universidad —carraspeó.

—¿Por qué?, ¿estás muy lejos ya?
—Estoy a medio camino de la nacional 200. Aun me quedan unos cuarenta minutos para llegar.
—¿Qué tienes que hacer ahí?
—Hay una conferencia sobre pequeños animales y herpetología. Irán la mayoría de los alumnos de mi promoción. Se han dividido en dos grupos según especialidad.
—Pero tú no te especializaste en reptiles y anfibios—reí.
—Lo sé, pero para la clínica necesitamos los conocimientos básicos. No creas que sólo nos llegan perros y gatos. Muchos propietarios tienen serpientes y tortugas como mascotas.
—Es verdad. ¿Por qué no me dijiste nada esta mañana?
—Mi ATV se olvidó de avisarme. Me lo ha dicho hace nada y he tenido que salir corriendo.
—Pues espero que todo vaya bien. ¿Llegarás muy tarde?
—Creo que será corta porque no es más que una conferencia informativa. Dentro de unos meses tendremos alguna más específica.
—De acuerdo. Cuídate. Te veo esta noche.
—Mucha suerte para ti también. Te quiero.

Corté la llamada y me centré en la carretera.
El tráfico era liviano, más bien escaso, por lo que sabía que llegaría con tiempo de sobra. Me temía más el regreso, cuando la carretera se llenara de montones de conductores saliendo de sus trabajos y deseosos por llegar a sus respectivas casas.
Esperaba no llegar más tarde que Edward. Acababa de verlo hace relativamente poco, pero ya sentía que era demasiado tiempo.
Esperaba con ansias el fin de semana, para poder disfrutar de él cuarenta y ocho horas completas para mi entero placer.

Tal y como predije me llevó menos tiempo del esperado. Nos dieron una charla bastante superficial sobre pequeños animales, reptiles y anfibios. Nada que no supiera ya.
Más bien fue una reunión de viejos conocidos que se contaban como habían ido sus vidas desde la graduación.
Me encontré con varios compañeros cercanos con los que había perdido el contacto después de terminar el grado. Fue agradable saber qué hacían ahora para ganarse la vida.
Para mi sorpresa muchos de ellos ya estaban casados, e incluso algunos tenían hijos. Trabajaban en hospitales y clínicas diversas, pero sólo un puñado muy pequeño había logrado colocar su negocio propio. Me avasallaron a preguntas cuando les conté que yo tenía mi clínica independiente.
Otro grupo aún continuaba estudiando, ya sea porque se les atragantó la especialización —había algunas muy complejas— o porque se dedicaban a acumular masters en su estantería. ¡Cómo si eso fuera económico!

La conferencia en sí duró hora y media, pero ya nos avisaron de que dentro de un mes habría más, destinadas a la especialización de cada grupo.
Ni modo, me tocaría regresar de nuevo a Gainesville.
Logré escaquearme de la reunión que iban a hacer después, con café y canapés, dándoles miles de excusas sobre que no podía dejar el negocio sin supervisión. Yo sabía que Alice podía llevarlo a la perfección, pero ellos no y eso me daba la coartada perfecta.
Entre una cosa y otra estuve en la carretera de vuelta a las cinco. Muchísimo más pronto de lo que pensaba, para mi gran alivio.
Salí por la avenida 16 hacia Stated Road para poder introducirme al tráfico de la U.S. 301 por donde conduje alrededor de una hora hasta que mi vejiga fue más fuerte que mi poder de retención. ¡Necesitaba un baño con urgencia!
Para mi alivio vi el cartel de una gasolinera cercana y me dirigí hacia la derecha para parar allí.

Los servicios estaban situados en la parte trasera de la entrada —donde sólo estaba aparcada una camioneta azul marino bastante nueva—. Corrí hacia ellos para darme de bruces con un letrero que cantaba: <<Servicios sólo disponibles para consumidores>>.
Genial.
Fui hacia el interior y pillé un café instantáneo frío y una botella de agua. Fue bastante complicado encontrar los productos ya que los estantes estaban prácticamente vacíos, aun así abundaban las latas de cerveza de todos los tipos y patatas fritas de bolsa que aseguraba habían caducado hacía varios meses.
El dependiente, un tipo osco que portaba una camiseta sin mangas de un color que en algún tiempo había sido blanca antes de ser salpicada por un montón de suciedad y grasa, me preguntó si iba a repostar gasolina.

—Sí, puede llenar el depósito. Le pagaré por anticipado.
Su mirada cuando sólo me vio agarrar el café y la botella de agua me hizo estremecer y preguntarme si no me atacaría por sólo haber gastado tres dólares en su negocio.
—Está bien chica, ahora se encarga Willy de hacerlo.
Esperé que algún muchacho joven saliese de la trastienda hacia el aparcamiento y miré incrédula como un hombre de unos setenta años se dirigía hacia mi coche apoyándose en su astillado bastón mientras cojeaba. Su ropa no era mejor que la de Carl, tal y como pude leer en la chapa identificativa que estaba a punto de caerse de su pecho.
—¿Podría darme la llave de los aseos?
—Se entra con un código que aparecerá en el ticket. Saldrá en cuanto Willy termine con la gasolina.
Asentí pareciendo conforme mientras por dentro siseaba por tener que aguantar mucho más. ¡Iba a explotar!
Willy se tardó al menos diez minutos más —la mayoría del tiempo la invirtió en ir y venir hacia el interior—.
—Aquí tienes tu ticket y ese es el código.
—¡Gracias!
Agarré mis cosas y salí prácticamente corriendo.
Cuando la puerta se abrió casi se me quitaron las ganas de usar el cuarto de baño. No esperaba la limpieza de un hotel de cinco estrellas, pero al menos un mínimo de higiene. Pobre ilusa.
Me sentí con un potrillo que está aprendiendo a caminar cuando intenté pisar el mínimo punto de superficie para no mancharme.
Salí lo más rápido que pude después de lavarme las manos por alrededor de cinco minutos. Agradecí que al menos hubiese jabón.

La puerta se cerró a mi espalda con un silencioso clic que fue acallado por mi honda inspiración de sorpresa y el sonido de las botellas que portaba en la mano cuando se estrellaron contra el asfalto, produciendo dos estrellas: una marrón claro y la otra transparente.
—Isabella.
Mi cerebro enseguida reconoció la voz.
—Ja-James… —Mi voz fue un leve susurro aterrado.
—Cuanto tiempo sin verte querida Bella.
Habló con voz suave, intentando ser tierno. Me estremecí con repugnancia.
—¿Qu-qué haces?
Temblaba entera.
—He pensado que llevaba mucho tiempo sin verte. Ya era hora de hacerte una visita. ¿No te alegras de verme?
Las palabras murieron en la cima de mis labios cuando lo vi acercarse hacia mí con movimientos lentos y controlados, como si se acercase a un animal salvaje asustado.
—No. No te acerques.
—¿Por qué?, ¿no me has extrañado tanto como yo a ti?
Quise vomitar en ese preciso momento.

—Yo… yo… Te-tengo que irme.
Esquivé sus inquisidores ojos mirando hacia el suelo. Apreté las manos en puños en un vano intento de controlar el temblor de mis extremidades.
El corazón me bombeada tan deprisa que pensé que terminaría saliendo por mi boca, mezclándose con las manchas difusas en las que se habían convertido la mezcla de agua y café.
Me escurrí hacia la izquierda por la pared, sintiendo como el jersey que portaba se enganchaba deshilachándose debido a los grumos del cemento.
Me negué a elevar la mirada y casi canté una ovación cuando no percibí ningún movimiento de su parte.
Tal vez sólo quiso asustarme. Sí. Sería eso.
Quise salir corriendo hacia el coche cuando su mano se apretó en mi garganta, estampando con fuerza mi cuerpo contra la pared de la que intenté separarme. El golpe en mi cabeza me desorientó por unos segundos.

—¿Creías que después de todo el tiempo que me ha costado encontrarte te dejaría ir con tanta facilidad?
¿Lo habría creído por un momento?
—N-no me to-toques…
—Ha sido muy astuto por tu parte cambiarte de estado. Nunca pensé que serías lo suficientemente valiente como para irte de San Diego. Te he buscado por mucho tiempo.
Los dedos en mi cuello se apretaron más, mostrando su enfado.
—Tienes que tener clara una cosa que espero que no se te olvide jamás. Nada, escúchame bien, nada podrá alejarte de mí. Ni los kilómetros ni el tiempo. Allá donde vayas iré a buscarte y cada vez que huyas mi enfado aumentará mucho más.
—¡Suéltame! —Le siseé con voz ronca debido a la falta de oxígeno.
Removí mi cuerpo con toda la fuerza que pude, hiriendo más mi cuello en el proceso.
—¿Cómo has podido olvidarme con tanta facilidad? —Me lanzó una mirada de fingido dolor—. A mí que te quise tanto.
—No seas cínico.
—Shh… Shh… No digas nada.
—Deja que me vaya, por favor… Ya me hiciste mucho daño años atrás…
No pude evitar llorar. Estaba aterrada.

—Oh no, por supuesto que no. No te hice daño, sólo te enseñé a ser mujer. Una mejor mujer. ¿No me digas que no te funcionó?
—¡Me destrozaste la vida! —Chillé con impotencia.
—No… no… —dijo como un maníaco—. No lo hice. Yo te ayudé. Yo te amaba. Aún lo hago— su voz me dio arcadas—. Me gustas mucho Bella, no sabes cuanto.
Su mano izquierda descendió por todo mi lateral, tocando el costado de mi pecho, la cadera y posándose en mi cintura.
—¡No me toques!
—¿Cómo has podido sustituirme tan rápido?
—¿Qué?
—Tendré que decirle a ese noviecito tuyo que me perteneces. Será mejor que le digamos que desaparezca cuanto antes. Lo haremos juntos, ¿vale? Confía en mí.
—¡No te acercarás a Edward! —Grité con furia.
—Shh… Shh… Tranquila. Haremos que lo entienda. Se dará cuenta de que nos amamos y se irá.
—¡Te mataré si te acercas a él!
No quería ni que su nombre tocará su repugnante boca.
—Me das tanto miedo… Dime, ¿qué pensará tu Edward cuando sepa lo zorra que fuiste?, ¿Cuándo conozca quien eres de verdad?
Reí para mis adentros.

—Él lo sabe todo sobre mí —carraspeé.
—¿Así que ya lo sabe? —su sonrisa me recordó a la de un demonio—. Menudo idiota está hecho. Él no sabrá aprovecharte como lo hice yo. Nunca logrará provocarte lo mismo que yo.
—Tienes razón —me reí con cinismo—. Tú sólo me provocas asco.
Le escupí en la cara, con todo el rencor y la resignación que sentía. Me estaba cansando ya de ser la presa asustadiza.
Su cara se puso roja de furia. Temí por mi vida.
—¡Nunca en tu maldita vida vuelvas a hacer eso!
La mano que estaba en mi cuello se movió hacia mi pelo. Agarró mi coleta en un puño y la jaló hacia atrás, elevando mi cabeza. Su otra mano se apretó dolorosamente en mis mejillas.
—Tengo derecho a hacer contigo lo que me dé la gana, ¿has oído? Ningún maldito Edward se interpondrá en mi camino. No volverá a tocarte porque tú eres mía. ¡Sólo mía!
Mis pupilas se movían con frenesí y terror.
—Si quiero besarte, te beso. Si quiero follarte, te follo. Mejor aún. Podemos enviarle un vídeo muy lúdico a tu querido noviecito de pacotilla. Así sabrá que ya no volverás con él.
Mi voz salió inarticulada debido a su sujeción.

—Ahh querida Bella, sigues igual de tentadora…
Me recorrió con los ojos con lujuria. Su nariz se pegó en la cima de mi cabeza, bajando por mi frente, absorbiendo mi olor. Me estremecí.
—Exquisita… No he podido olvidar ninguna parte de ti. Tus gemidos, tus gritos de éxtasis cuando te follaba.
Estaba delirando, inventando cosas que nunca habían sucedido.
Antes de poder predecirlo bajó su boca con rudeza hacia la mía, chocando sus dientes en mis labios cerrados. Me estremecí con repulsión.
—Abre la maldita boca —gruñó apretando más mis mejillas hasta el dolor.
Intentó besarme de nuevo. Cerré los ojos y apreté más fuerte los labios. La imagen clara y precisa de Edward en mi mente me hizo reaccionar. Algo —¡por fin!—se prendió en mi cerebro. No podía ser siempre tan débil. No podía dejar que abusara de mí más veces.
Mordí su boca con furia, sintiendo el sabor oxidado de su sangre. Me soltó en un movimiento brusco, echándose para atrás como un gato que salta cuando lo lanzas a una piscina.
Restregó su labio superior, limpiando su sangre. Salí corriendo ante su distracción.

Corrí todo lo que dieron de sí mis piernas y saqué con manos temblorosas las llaves del coche del bolsillo de mi pantalón. Quité la seguridad y justo cuando alcancé el manillar la mano de James agarró mi brazo y me jaló hacia atrás, estampándome contra su torso. Me giró en un brusco movimiento y me lanzó contra la ventanilla del coche. Maldije por no haber aparcado justo en frente de la tienda de la gasolinera. Tal vez Willy lograría ver algo y llamar a la policía.
—¡Nunca en tu maldita vida vuelvas a huir de mí!
Su puño se elevó y cuando pensé que se estamparía contra mi cara se clavó con un estruendoso ruido en el metal del coche.
—¡Suéltame!
—Escúchame bien putita —dijo con desprecio acercándose a mí, casi restregando su cuerpo contra mi anatomía—. Jamás serás feliz, no mientras eso dependa de mí. Haré de tu vida un infierno si no colaboras, que se te grabe bien en la cabeza. Vendrás conmigo ahora y nos iremos muy lejos.
—¡Nunca!
—Será por las buenas o por las malas, en cualquier caso acabaré ganando yo. Si tu estúpido Edward intenta involucrarse lo mataré sin contemplaciones. Tú decides.
—No te acercarás a él —hablé entre dientes—. Ya dejé que me destruyeses una vez, no volverá a ocurrir. Mereces estar entre rejas. Tú y la traidora de Victoria.
—Victoria me importa una mierda. No fue más que un medio para llegar a un fin. Puedes hacer con ella lo que te dé la gana. Ya me dio toda la información que necesitaba.
Mis sospechas se confirmaron. Sabía que Victoria tenía que estar detrás de todo lo que James sabía.

—¿Vas a colaborar? —hizo una pausa—. Piensa bien tu respuesta Isabella. Piensa en las consecuencias que traerá tu decisión. Si me eliges nadie saldrá herido. Edward ni siquiera sabrá que estás conmigo. Desaparecerás de su vida sin dejar huella. A cambio te prometo olvidar tu infidelidad y perdonarte.
—Tú y yo no tenemos nada.
—Siempre lo hemos tenido. Sé que me deseas. Sólo estás fingiendo.
—¡Yo amo a Edward!
—¡Eso es mentira! Me perteneces. Tu amor y tu cuerpo son míos. Yo los descubrí. Yo te hice mía por primera vez. Toda tu esencia me pertenece. A mí. Sólo a mí.
—Tú no sabes amar. Eres un monstruo. Deberías envidiar a Edward. Él sí es un verdadero hombre.
—¡Cállate ya!
Sus dientes volaron a mi cuello, donde dejó un doloroso mordisco que me hizo chillar desde lo más hondo de mi garganta. Pensé que terminaría arrancando un trozo de mi piel.
Se separó riéndose con maldad.
Su cercanía me dio una idea.

En un rápido movimiento agarré sus hombros con ambas manos, elevé la rodilla y la clavé en su entrepierna con toda la fuerza de la que fui capaz.
Cayó de rodillas en el suelo agarrándose la zona dolorida y apretando los dientes con fuerza.
Aproveché su debilidad para empujarlo hacia atrás colocando la suela de mi zapato en su pecho. Cayó de espaldas y rápidamente abrí la puerta del coche.
—¡Esto no quedará así maldita puta!
Entré lo más rápido que pude y arranqué con manos temblorosas. Apreté el acelerador todo lo que pude perdiéndome por la carretera en un borrón rojo a ciento veinte por hora.
Disminuí la velocidad cuando vislumbré la rotonda que debía tomar para incorporarme a la Interestatal 10. Agradecí que la carretera fuera en línea recta porque sabía que no estaba al cien por cien. Mis manos temblaban tanto aferradas al volante que temí por la integridad de mis nudillos. Miraba cada minuto por el retrovisor, intentando descubrir si James me seguía. No saber cómo era su coche me restaba muchos puntos.
Las lágrimas aparecieron antes de llegar a la I-95, veinte minutos después. Los nervios, la inseguridad y el temor se aplacaron contra mí, convirtiéndome en un amasijo inconcluso. Negaba con la cabeza y me limpiaba los ojos con frecuencia, temerosa de provocar algún accidente por no estar tan pendiente de la carretera como debería. El tráfico aumentaba cada pocos kilómetros.  

Cinco minutos después de girar a la derecha desde la I-95 para llegar hasta San Marco Boulevard aparqué el coche en la entrada de casa, no preocupándome lo suficiente de meterlo en el garaje.
Una rápida visualización al reloj de mi muñeca me indicó que eran alrededor de las siete y media. El cielo había dejado de estar claro desde hace un par de horas dando lugar a una oscura noche que se tornaba más fría según avanzaban las agujas.
Me metí corriendo en casa, cerrando con llave por dentro para estar más segura. Me recibieron los atolondrados ladridos de los perros, a quienes mandé a callar con un tono imperativo poco común en mí. Desaparecieron de mi campo de visión rápidamente, confusos y temerosos.
Corrí hacia las ventanas para comprobar que estaban bien cerradas y logré llegar al sofá de la sala de estar, donde me derrumbé sin pensar en nada más que en el miedo que me atenazaba las entrañas.


¡Hello People!
Yo por aquí de nuevo, dándoles la lata otra vez jajaja.
Les dejo un capítulo fresquito que espero disfruten.
La historia empieza a encaminarse hacia los momentos bruscos, pero muchos ciclos empiezan a cerrarse.

Espero les guste.
Saludos.
K. Crazy Cullen.

PD: Si lo desean, visiten mi página literaria de Facebook Bookfilia Forever, hablaremos muchííííísimo de libros. Es nueva y agradecería su colaboración, gracias.


4 comentarios:

  1. Yo no te voy a degollar por tardar tanto pero sí por dejarme así de intrigada jajajaja espero que subas uno nuevo pronto please :)

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  2. hola se que casi no comento pero dejame decirte que es una historia muy buena y por favor no dejes de escribir

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  3. ohhh! me encanta el capitulooo! Ai! No nos dejes con tanta intriga cariño! ajajjajajajajjaa Un besito
    Inma <3

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  4. holaa!! a todass!!
    ante todo ya saben!!
    milllones de graciias x darme su tiempo en leer mi historia y en dejarme los coment!!
    se lo agradezco muxooo!!!!
    se k soy mal x dejar la intriga!! xD
    pero esk asi os da ganas de leer para ver k pasa la proxima vez!! xD
    muxos kisses wapiximaaas!!!

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