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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

viernes, 5 de noviembre de 2010

Capítulo 7: El comienzo de una nueva amistad.


Capítulo 7: El comienzo de una nueva amistad


Pov Bella:

Era lunes por la mañana y empezaba de nuevo mi rutina. Abrir la clínica a las nueve de la mañana y esperar por el primer cliente del día y por el resto de empleados que no tardarían en llegar.
—Hola Bellita. —La cantarina voz de Alice me saludó la primera en cuanto atravesó la puerta.
—Hola nena, ¿qué tal todo?
—Bastante bien. Estoy viviendo todo un sueño con Jasper.
—Estás loquita. —Reí.
—Sí, igual que enamorada. —Nos fundimos en una charla sobre su largo fin de semana. Alice era capaz de contarme todo lo que había hecho en cuarenta y ocho horas con todo lujo de detalles en tan solo unos minutos.
—Buenos días chicas. —La voz de Elliot se hizo presente.
—Hola. —Dijimos las dos al unísono. Elliot se unió a nuestra charla, siendo su mejor amigo el centro de atención.
—Concuerdo con Bella, estás loquita.
—Tú más que nadie debe defenderme. Tu amigo es todo un cielo.
—Sí, sí, como digas. —Le restó importancia. —Tú no lo conoces bien aún. —Empezó a chincharla.
—Sé como es, no me harás cambiar de opinión. —Alice infló sus mejillas como si estara a punto de hacer una rabieta.
—Venga, dejar de picaros. Vamos a trabajar.
—Sí jefaza. —Ambos explotaron en fuertes carcajadas. Negué con la cabeza.
—Bien pequeño, esto ya está. —Le tendí la jaula de hámster a un pequeño niño de unos cinco años.
—Muchas gracias. —Me sonrió enormemente, derritiendo mi corazón.
—Tienes que ponerle agua fresquita todos los días.
—Así lo haré. —Su dulce voz me cautivó. Apretó la jaula entre sus pequeños brazos.
—Muchas gracias por todo. —Agradeció su madre. —Tendremos más cuidado la próxima vez.
—Es normal que a veces se escapen. Son muy escurridizos.
—Tienes toda la razón.
—Toma pequeño, para Bolita. —Le tendí al niño una bolsa de pienso para su hámster. Me sonrió hermosamente antes de marcharse cogido de la mano de su madre. Suspiré. Las sonrosadas mejillas del niño y su suave voz me habían enamorado.
Recordar el verde de los ojos del pequeño niño trajo a mi mente recuerdos de otros verdes ojos que habían calado muy hondo en mi mente. Volví a suspirar. Otra vez empezaba de nuevo a pensar en Edward, ya era algo inevitable. Cualquier cosa, por pequeña que fuera, parecía recordarme a él a cada momento. Necesitaba verlo, necesitaba sentir esa sensación que me causaba su verde mirada. Quería sentir el escalofrío que atravesaba mi cuerpo cada vez que sus ojos recorrían mi cuerpo, cada vez que sonreía. Necesitaba de su presencia urgentemente.
No había perdido la esperanza de verlo nuevamente, aunque sea por unos cortos minutos. Con poder verlo una vez más sería enormemente feliz.
—Nos veremos mañana Bells. —Alice se despidió de mí después de dar un beso en mi mejilla. Su turno había terminado.
—Hasta luego enana. —Sonreí. El tiempo se me había pasado más rápido de lo normal. Había estado tan inmersa en el trabajo y en mis pensamientos que no había sentido el paso de las agujas del reloj. Poco a poco la clínica se fue quedando vacía, hasta que quedé yo sola nuevamente.
Apagué el ordenador de mi oficina, cogí mi bolso y quité mi bata. Ahora poseía cuatro horas libres, hasta las seis de la tarde. Tenía claro lo que haría para amortizar esas horas libres, no quería estar encerrada en casa.
Me quedé estática en la entrada del pasillo que conectaba la entrada con las oficinas. Mi voz desapareció y mi respiración empezó a agitarse.
—Hola Bella. —Su aterciopelada voz entró como una suave melodía por mis oídos.
—¿Ed-Edward? —Pregunté aún sin creérmelo.
—¿Será que llego demasiado tarde? —Preguntó mientras revolvía su cabello.
—No, solo no te esperaba. —Me sentí estúpida al decir esas palabras.
—Siento haberte asustado. La puerta estaba abierta.
—No te preocupes, solo me sorprendiste. —Se acercó un poco más a mí.
—¿Ibas de salida?
—Sí, estaba a punto de cerrar.
—Oh, lo siento. Vendré mañana.
—¡No! —Mis mejillas se encendieron ante mis palabras. —Es decir… Puedo atenderte ahora. —Desvié mi mirada.
—Está bien, solo necesito unas cosas para Rosi.
—Es cierto, ¿       qué tal está?
—De lujo. Se ha adecuado a la casa y a Bear mejor de lo que imaginaba. Se han hecho muy amigos.
—Es genial. —Sonreí enormemente.
—Sí, pero no hacen más que pelear por la cama de Bear. —Rio contagiándome.
—Es toda una pilla.
—Por eso decidí comprarle una cama a ella también. De momento parece gustarle mucho el sofá.
—Es mejor una cama, así tiene un sitio adecuado para ella.
—Sí. Pues dame una lo suficientemente grande para ella. —Asentí y me dirigí al almacén.
—Este tamaño creo que es perfecto. —Le enseñé la cama que tenía forma de huella de perro. —Es muy bonita. —La inspeccionó.
—Sí, es perfecta.
—La hay también en blanco y negro.
—Roja está bien. —Asentí. Poco después le tendí unos juguetes que me pidió y una fuente para la comida.
—Aquí tienes todo.
—Gracias. —Sujetó el asa de las bolsas. Me sentía renuente a que se marchara.
—¿Cómo ha estado Mojito?
—Se aburre. —Sonreí. —Ya no tiene con quien jugar.
—Es una lástima. —Asentí mordiendo mis labios.
—Iba a ir ahora a casa para llevarlo al parque de perros del sur de  la ciudad. ¿Te apetece venir? —Jugueteé con mis manos a la espera de su respuesta.
—Sería genial. —Me sonrió ladinamente. —Voy a dejar esto y cojo a Rosi y Bear.
—Bien, yo iré por Mojito. ¿Sabes como llegar?
—Sí, fui hace un tiempo.
—Nos vemos ahí en… —Miré mi reloj. —¿Media hora?
—Bien, nos vemos. —Sujetó las bolsas y se dirigió a la entrada. Sonreí, sintiéndome enormemente feliz. Tuve que controlar mi cuerpo para no empezar a dar brinquitos por toda la clínica.
Atravesé la puerta de casa y me encontré con mi perro dormido encima del sofá.
—Mojito, ven pequeño. —Se estiró antes de venir corriendo hacia mí.
—¿Señorita Bella?
—Hola nana, ¿cómo vas?
—Iba a empezar a preparar su comida.
—No hará falta. —Sonreí.
—¿No comerá hoy en casa?
—No… Emm… Voy a ir al parque de perros del sur. —Me acerqué hacia Mojito mientras colocaba su arnés.
—¿Sola?
—Bueno, en realidad he quedado ahí con Edward. —Mi nana sonrió enormemente.
—Es fantástico mi niña.
—Espero que todo salga bien.
—Claro que sí. Venga váyase ya que llegará tarde.
—Sí, adiós nana. —       Besé su mejilla mientras ella me abrazaba.
—Adiós mi niña. —Jalé de la correa de Mojito mientras veía como la sonrisa en el rostro de mi nana se agrandaba más a cada momento.
Conduje totalmente nerviosa. Apretaba el volante con demasiada fuerza, sintiendo los nudillos de mis dedos totalmente tensos y blancos. Pero no podía parar de sonreír, la felicidad dentro de mi cuerpo era tan grande que se me hacía imposible borrar la sonrisa de mi cara. Me sentía impaciente por llevar y volver a verlo. Solo esperaba que todo saliera bien de esta repentina salida.
—Ven cariño. —Agarré a Mojito y coloqué bien su cadena. —Vamos. —Me dirigí a la entrada principal del parque y esperé por su llegada. Sonreí cuando divisé su coche ser aparcado en la acera de enfrente. Automáticamente mi corazón empezó a latir desenfrenadamente, retumbando en mis oídos.
—Hola. —Me sonrió en cuanto llegó a mi lado.
—¡Ho…! —Mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta cuando Rosi se lanzó a mis brazos. Empezó a lamer mis manos mientras yo acariciaba su cabeza. —Hola preciosa. —Acaricié más su pelaje.
—Se ve que te ha extrañado. —Le sonreí a Edward.
—Eso parece. Venga vamos. —Nos adentramos al parque, en donde soltamos la correa de los perros que se fueron corriendo tras otros todo lo largo del parque.
Empezamos a recorrer todo el parque por la zona cerca al carril de bicicletas. El día era estupendo, una suave brisa aliviaba el calor de los brillantes rayos del sol. Nos sumergimos en una amena charla, la cual empezó con los perros como tema principal y acabó con un resumen corto de nuestras vidas unos pocos años atrás. Reí con lo que me decía, pues me estaba contando varias travesuras que había hecho cuando era pequeño. Llegamos hacia la zona cercana al lago artificial, el cual estaba repleto de patos y cisnes que chapoloteaban por todos lados. Los perros corrían cerca de nosotros, separados por una vaya de la zona de transeúntes. Ellos parecían estar en un paraíso.
—¿Te apetece un hot dog? —Pregunté en cuanto divisé el carrito de perritos calientes.
—Nunca diré que no. —Sonrió mientras nos acercábamos al carro.
—Dos por favor.
—¿Con qué lo quieren?
—Emm… Yo lo quiero con todas las salsas, lechuga y tomate.
—El mío solo con ketchup y mayonesa. —El hombre de los hot dogs asintió mientras preparaba la comida.
—Aquí tienen.
—Gracias. —Edward le tendió un billete de cinco dólares. Iba a protestar, pero ya había empezado a caminar.
—Está delicioso. —Mordí de nuevo mi hot dog.
—Sí. —Me deleité viendo moverse los carnosos labios de Edward. Mordisqueé los míos.
—Cuando tenía unos siete años aproximadamente me dio manía por empezar a comer hot dogs a todas horas. No paraba de comerlos, me hice muy amigo del vendedor. —Reí a la par que él. —Hasta que mi madre descubrió porque no comía en casa nunca.
—¿Qué te dijo?
—Me prohibió comer tantos. Era capaz de comer diez al día.
—Que exageración.
—Lo sé, pero mi madre me echó una vez picante en uno y se me quitaron todas las ganas de comerlos. —Reí fuertemente.
—Ya te imagino.
—Empecé a correr por toda la casa en busca de agua.
—Eso fue cruel.
—Eso pensaba yo, así que me enfadé con mi madre.
—¿Y que hizo?
—Nada, nunca hizo nada. Al final fui yo mismo el que empezó a hablarle.
—Pobre… —Le sonreí mientras nos sentábamos frente a la zona de los perros.
—Llevaba muchos años sin comerlos por eso.
—Te hice volver a la adicción.
—Podré superarlo. —Rio.
—Si no me veré obligada a echarte picante. —Reímos de nuevo, totalmente alegres.
Caminamos hacia donde estaban los perros, llamé a Mojito y que se acercó efusivamente hacia mí. Coloqué su correa y acaricié el tope de su cabeza.
—Vamos pequeño, es hora de irse. —Edward hizo lo mismo con Bear y Rosi. Todos parecían estar completamente agotados. Caminamos hacia la entrada.
—Gracias por haber venido, lo he pasado genial. —Me paré frente a él mientras hablaba.
—Sí, ha sido una tarde increíble. —Sentía que nuevamente no quería alejarme de él. —Ellos necesitan salir todos los días… Así que tal vez tú… —Titubeó.
—Estaría encantada de venir todos los días. —Vi sus ojos brillar.
—Entonces tenemos una cita. —Mordí mis labios inconscientemente.
—Tenemos una cita. —Concordé mientras me sonreía. Se acercó a mí y dejó un casto beso en mi mejilla. Sentí mi cuerpo temblar.
—Adiós.
Miré sus desgarbados pasos alejarse mientras no podía dejar de sonreír. Como toda una adolescente ilusionada llevé mi mano hacia mi mejilla y acaricié la zona en la que sus labios se habían posado segundos atrás. El cosquilleo eléctrico volvió a recorrer mis venas, haciendo que mi sonrisa se agrandara mucho más. La felicidad de mi cuerpo era incontable.
A la mañana siguiente esperaba con ansias por el avance de las agujas del reloj. Parecía que cuanto más rápido quería que avanzaran más lento lo hacían. El tiempo se confabulaba en mi contra. Fui de un lado a otro, atendiendo a todos los clientes citados para que el tiempo pasara más deprisa. Cuando las agujas estuvieron en el lugar correcto corrí a casa a buscar a Mojito y me dirigí velozmente al parque. Sonreí al ver su perfecta sonrisa y sus verdes ojos esperando por mí en la entrada.
Aunque creía que el tiempo pasaba extremadamente lento durante toda la mañana cuando estaba con él era todo lo contrario. Estábamos una hora o dos en el parque, las cuales parecían convertirse en minutos. Hablábamos de nosotros, de nuestra infancia, de nuestras locuras, de todo un poco. Ha estas alturas, tres semanas después de que lo conocí, sabía gran parte de su vida y cada vez me gustaba más. Se podía decir que ya habíamos pasado de ser conocidos a buenos amigos. Salíamos todas las tardes a pasear a los perros mientras aprovechábamos para relacionarnos más. Me sentía totalmente atrapada por él, como hipnotizada. No comprendía bien que me pasaba ni las razones de mi comportamiento, solo sabía que junto a él me sentía completa, me sentía yo misma.
Esperé durante diez minutos más, pero no llegó. Suspiré decepcionada y me adentré junto a Mojito al mismo parque de todos los días. Solté su cadena y dejé que se fuera corriendo detrás de otros perros que saltaban y corrían junto a él. Dirigí mi mirada de nuevo a la entrada y mordisqueé mis labios cuando vi el destello de un coche plateado. Me puse de puntillas cuando estuvo más cerca y volví a fruncir el ceño cuando vi que de él salía una mujer rubia junto a una pequeña niña. Suspiré. No era él. Me encaminé hacia el interior del parque y me dirigí al puesto de helados. Pedí una de menta y chocolate y comencé a caminar todo alrededor, sin perder de vista a Mojito.
No sabía la razón de por qué, después de tres semanas llegando totalmente puntual, hoy no había llegado a nuestro encuentro diario. Me pareció de lo más extraño pero intenté dejar de pensar en ello si no quería enloquecer imaginando todo tipo de situaciones que le impidieron venir como cada tarde. Seguí caminando, totalmente hundida en mis pensamientos, intentando alejarlo de mi mente para poder disfrutar de mi paseo. No lo conseguí. Incluso cuando llegué a casa, después de una hora en el parque, Edward seguía rondando mi mente. Me extrañaba tanto su ausencia que me sentía vacía. Hice de todo mi esfuerzo por no pensarlo, si mañana lo volvía a ver seguramente me diría por qué no había venido.
A la mañana siguiente me desperté más ansiosa que nunca. Después de darme una larga ducha y de echar crema por todo mi cuerpo, sequé y cepillé mi cabello. Elegir ropa fue todo un dilema. No sabía que ponerme, no me sentía cómoda con nada. Dejé de pensar tanto en todo cuando vi que llegaría tarde. Me decanté por un bonito short de tela negra y una suave camisa de seda roja. Elegí unas sandalias de plataforma mediana y al fin me gustó la imagen que el espejo me devolvió. Salí rápidamente a la clínica, sabiendo que llegaba realmente tarde. En la entrada me encontré a Alice mirando su reloj insistentemente.
—Lo siento, lo siento. —Me disculpé mientras bajaba del coche.
—¿Qué ha pasado?
—Me dormí. —Elegí el camino más rápido.
—Vaya, el mundo se acabará en dos días.
—También soy humana. —Me quejé con fastidio.
—Pero eres Isabella Swan, la puntualidad en persona.
—No pude dormir bien anoche. —Entramos a la clínica.
—¿En qué estabas pensando? —Me puse nerviosa.
—En nada en especial… —Titubeé y Alice me miró con sospecha.
—¿Segura?
—Sí, solamente no me daba sueño.
—Bueno… —Me observó con ojo crítico. —Digamos que te creo.
—Es la verdad.
—No he dicho lo contrario. —Quise protestar, pero ya se había ido dejándome con las palabras en la boca. Aún me parecía increíble que ella no se hubiera dado cuenta de nada. Todos los días la felicidad parecía palpable a mi alrededor. No podía dejar de cantar alegres canciones y de tener una estúpida sonrisa en mi rostro. Sabía que ella me observaba, preparada para atacar en el momento en que yo flaqueara. No es que no quisiera decirles nada a mis amigos, simplemente no había encontrado el momento perfecto para hacerlo. De momento solo quería pensar en Edward como un amigo más, no quería hacerme demasiadas ilusiones.
Agarré las llaves y las metí en el bolsillo derecho de mi short. Quité mi bata y apagué el ordenador. La rutina se repetía como cada día. Ahora iría a casa, comería cualquier cosa improvisada, pues no tenía demasiada hambre, y sacaría a dar el paseo diario a Mojito, solo que esta vez sería diferente. Iríamos él y yo solos. Atravesé la puerta y metí la redondeada y extraña llave en el pequeño recuadro plateado que había a un lado de esta. La persiana metálica empezó a bajar con exasperante lentitud, haciendo a su vez un ruido ensordecedor. Esperé porque terminara y antes de cerrarse del todo alguien me sorprendió.
—Bella. —Su voz entró tan dulcemente por mis oídos que me pareció todo un sueño. Me giré con cautela.
—Hola. —Le dije sonriendo al ver sus brillantes ojos verdes.
—Hoy llegué más tarde. —Dijo señalando la puerta que ya había acabo de cerrarse.
—Tan solo unos minutos. —Guardé las llaves en el bolsillo.
—Tengo que explicarte mi falta de ayer. —Llevó una de sus manos hacia su cabello, revolviéndolo.
—No te preocupes. —Intenté que mi voz fuera convincente. —Tendrás tus razones. —No lo logré.
—Tendría que haberte avisado.
—No hubieras podido.
—Lo sé, caí en cuenta en ello demasiado tarde.
—Pu-puedo darte mi número. —Me sentí estúpidamente nerviosa al decir eso.
—Eso sería estupendo. —Me sonrió enormemente. Sacó su teléfono móvil y yo le dicté los dígitos correctos. —Así esto no volverá a ocurrir. —Sonrió.
—Tampoco es una obligación ir todas las tardes.
—Lo sé, pero disfruto haciéndolo. —No pude evitar que mis labios se expandieran.
—Sé como recompensar el día de ayer.
—¿Cómo?
—¿Aceptarías una invitación a comer? —Volvió a remover su cabello.
—Claro que sí. —Mi voz sonó demasiado efusiva. —Es decir, sería genial. —Me sonrojé ante su sonrisa. 
—Pues en marcha. —Se dirigió hacia su coche mientras yo caminaba a su lado, olvidándome completamente del mío. Abrió la puerta del copiloto para mí mientras me tendía una mano. Todo un caballero.
—¿Dónde te gustaría ir?
—Umm… Sorpréndeme.
—Bien. —Sonrió con picardía mientras arrancaba el coche.
Nos fundimos en una divertida charla mientras atravesamos con lentitud las grandes calles. Finalmente, después de unos veinte minutos, llegamos a nuestro destino.
—Señorita. —Me dijo mientras reía y me tendía la mano para bajar.
—¿Es aquí? —Pregunté señalando el pequeño restaurante.
—Sí, ya verás que te va a gustar. —Jaló levemente de mi brazo. Mientras entrábamos pude divisar un cartel que recitaba en letras amarillas y rojas “Comida española de la mejor”. Nunca había probado la comida española, sería divertido.
—Hola buenos días. —Un hombre con un fuerte acento nos atendió.
—Queremos una mesa para dos. —Dijo Edward.
—Pasen por aquí. —El camarero nos guió hacia una mesa al lado de un gran ventanal que dejaba ver toda la calle. —Ahora alguien cogerá su pedido. —Asentimos mientras nos sentábamos.
—Espero que te guste este tipo de comida. Es muy buena a mi parecer.
—Seguro que sí. Siempre viene bien probar cosas nuevas.
—Sí, yo la probé hace varios años y no pude dejar de comerla. Es realmente buena.
—Me dejaré llevar por tus gustos. —Sonreímos.
—¿Han pensando que van a pedir? —Un chico joven, de unos veintiún años, alto, con tez morena, pelo negro y demasiado musculoso para mi gusto se acercó a nuestra mesa con un blog de notas. Sentí su intensa mirada recorrerme sin pudor alguno, poniéndome nerviosa.
—Sí, yo quiero la ensalada mediterránea y un plato de paella mixta.
—Bien, te encantará. —Hizo un gesto gracioso con sus dedos, haciendo que riera con alegría. Escuché un leve gruñido y giré mi rostro para mirar a Edward, el cual tenía el ceño fruncido.
—¿Y usted caballero? —El tono de la voz del chico cambió totalmente.
—Lo mismo para mí.
—¿Estás seguro de que te gustará? —Lo miré entornar los ojos.
—Has elegido bien.
—No se yo sí… Mis gustos no son muy acertados.
—Lo dudo. —La voz del chico me sacó de la conversación con Edward. —Se te ve una mujer con muy buen gusto, que sabe elegir lo que le conviene y lo que es mejor para ella. Ya sabes, lo que más la haga disfrutar. —Habló mirando fríamente a Edward.

—Supongo que sí. —Interrumpió Edward. —Por eso está aquí conmigo, así que tú solo dedícate a servirnos, no nos hagas perder más tiempo. —Parpadeé varias veces alucina ante sus rudas palabras.
—Enseguida está su comida. —El camarero se marchó con rapidez. 
—No soporto a la gente entrometida. —Se justificó.
—Bueno… Supongo que… Solo quería ser ¿amable? —Mi voz no sonó nada convincente. 
—Estaba ligando contigo descaradamente, sin importarle mi presencia.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es, y no dejaré que lo haga. Ahora tú estás conmigo. —Su voz dura sentenció la conversación, dejando miles de dudas en mi cabeza.
“No te ilusiones Bella”. Me repetí la misma frase tantas veces como si fuera un mantra. “No significa nada”. Ni siquiera mis palabras lograban convencerme. Estaba viendo cosas donde no las había.
—Que lo disfruten. —El camarero de antes trajo la ensalada, dejando mi plato con delicadeza y rudamente el de Edward, el cual susurró algo como “niñato”. No estaba muy segura.
Comimos mientras charlábamos alegremente.
—¿No me pedirás explicaciones? —Me dijo después de que nos trajeran el segundo plato.
—¿Sobre qué?
—Ayer te dejé plantada.
—Ohh, no creo tener derecho de exigirlas. —Me concentré en la comida.
—Claro que lo tienes. Y aunque no lo pidas te diré que fue porque mi jefe me dejó trabajo de última hora.
—Es comprensible. No te preocupes, imaginé algo de eso.
—Pensé que te enfadarías.
—No tengo derecho de hacerlo, tan solo fue un paseo. —Sonreí. —Aunque se hizo extraño sin ti. —Me paralicé cuando comprendí lo que había dicho.
—Es-Es decir… Ya me he acostumbrado a tu presencia y…
—No te preocupes. A mí también se me hizo extraño no poder salir como cada día. —Acarició mi mano por sobre la mesa, haciendo que mis labios se expandieran en una sonrisa.
—Bueno, tenemos muchos otros días. —Sentía mi mano temblar bajo su toque.
—Sin dudarlo, hay que recuperar el tiempo perdido. —Asentí, presa de su verde mirada que parecía brillar para mí. Sus ojos eran realmente hermosos. No fundimos en otra larga charla, como tema principal su trabajo. Después hablamos sobre mi clínica veterinaria. Me encantó saber que él realmente amaba los animales tanto como yo.
—Aquí tienen su cambio. —Dijo el mismo camarero mientras no apartaba su mirada de mí. Me sonrió.
—Gracias. —Le susurré mientras le dejaba unas monedas de propina.
—Toma. —Me extendió una tarjeta. Me quedé mirando su mano extendida sin ni siquiera mover un solo músculo. —Llámame cuando quieras, siempre estaré disponible para ti. Solo tienes que marcar y me tendrás donde desees. —Parpadeé perpleja varias veces.
—¡Ella no quiere tu tarjeta imbécil! —La furiosa voz de Edward se hizo presente.  Se puso de pie.
—No quiero nada ti, por favor no estropees esto. —Le dije al muchacho mientras me ponía también de pie.
—¿Es por el idiota este? —Señaló a Edward.
—¿Qué me has llamado? —Dijo furioso acercándose a él.
—¡No Edward! No hagas esto. —Sujeté con fuerza su mano y tiré de él hacia la salida. Todo el restaurante nos miraba como si tuviéramos cuatro cabezas.
En cuanto atravesamos la puerta de la salida solté su mano, sintiéndome enfada y confusa por lo que acababa de pasar. No comprendía nada. Todo se había descontrolado en tan solo unos minutos. Me giré hacia él y lo vi con sus dedos índice y pulgar apretando fuertemente el puente de su nariz y respirando rápidamente.
—Lo siento. —Me dijo mirándome fijamente. —Me comporté como un idiota.
—Es… Es igual. Aún no comprendo todo esto.
—No soporté ver a ese niñato intentando ligar contigo. Tú estás conmigo. Él debe respetar eso y dedicarse a su trabajo.
—Lo sé…
—Él no sabe nada de nosotros. ¿Y qué pasa si fuéramos pareja? —Suspiró frustrado. Sus palabras dejaron mi mente en las nubes. Me gustó demasiado ese término para referirse a los dos. Negué con la cabeza. Era imposible.

—Sé que hizo mal, pero tienes que tranquilizarte. Nunca me fijaría en alguien como él. —Sonrió.
—Es igual, lo siento. —Besó mi mejilla y yo sonreí idiotizada. —Si quieres te acerco a tu casa.

—Sí, gracias. —Montamos en el coche y no hicimos nada diferente. A veces solo nos quedábamos en completo silencio o nos observábamos por largos periodos de tiempo. Sabiendo que esos momentos no eran nada incómodos para ninguno de los dos.
El tiempo se pasó deprisa, sin darme cuenta ya habíamos llegado. Él bajó del coche con velocidad y se dirigió hacia el lado de mi puerta.
—Gracias. —Dije en un susurro.
—No hay de que. —Su sonrisa me derretía. Al salir cerré la puerta apoyándome en ella. Quedé pegada a su coche.
—Gracias por todo, me lo he pasado genial, excepto… Bueno tú sabes. —No quise recordarlo de nuevo.
—Gracias a ti por darme un poco de tu tiempo.
—Mi tiempo estará disponible para ti siempre que lo desees. —Enseguida me sonrojé ante mis palabras.
Lentamente él se acercó a mí, acorralándome entre el coche y su cuerpo. Apoyó sus manos en la puerta del coche, a la altura de mi cadera, creando una cárcel a mi alrededor de la cual no quería escapar. Me puse nerviosa al instante. “No es lo que parece”. Me repetí millones de veces.
—Siento lo que pasó en el restaurante. No pude controlar la furia que sentí al verlo a él demasiado interesado en ti. Alguien tiene que enseñarle a respetar a las mujeres, y más a las que van acompañadas. —Su aliento chocaba en mi rostro, hipnotizándome más aún. Me perdí en su mirada y sentí mi cuerpo entero temblar cuando vi su rostro acercándose al mío. Respiré entrecortadamente, y me preparé para recibir sus labios. Acerqué mi boca a la suya y cuando sentí el leve roce de sus labios y quise acercarme más a él una chillona voz hizo que nos detuviéramos instantáneamente.
—¡Bella! —Reconocí la cantarina voz de Alice. Automáticamente él dejó caer sus brazos de los costados de mi cuerpo y se alejó de mí. Tuve que apretar fuertemente mis manos en puños para que no agarraran su camiseta e impidieran que se alejara.
—Ho-ola Alice. —Tartamudeé nerviosa.
—Hola Bella y… —Miró hacia Edward.
—Él es Edward Alice. —Los presenté.
—Mucho gusto. —Dijo ella mientras lo inspeccionaba como un objeto de laboratorio. Se acercó a mí y golpeó mi costado repetidas veces. Una leve risita escapó de los labios de Edward.
—Tengo que irme. —Dijo él. —Encantado de conocerte Alice. Adiós Bella. —Las palabras se negaban a salir de mi garganta.
—Adiós… —Susurré cuando él dio un beso en mi mejilla, pero esta vez más cerca de la comisura de mis labios. En cuanto vi su coche desaparecer por la carretera mi mano se fue automáticamente a mi mejilla. Sonreí idiotamente.
—¿Me vas a decir ahora mismo quién es Edward y por qué tenéis tanta confianza?
—Es un amigo. —Intenté disimular.
—Un amigo con derechos. —Alice me miró malosamente.
—¡Alice! —Chillé. —No exageres, solo me ha dado un beso en la mejilla.
—Pero tú crees que soy tonta. A mí no puedes engañarme.
—Alice… —Advertí.
—Alice nada.
—Él bueno… A mí…
—Bella habla antes de morir.
—Me gusta. —Intenté suavizar las cosas. —Ya está, ¿contenta?
—¡Lo sabía!
—Sí Alice, tú tenías razón.
—¿Dónde lo conociste, hace cuanto, lleváis saliendo mucho tiempo, qué ha pasado entre vosotros? —Alice me bombardeó a preguntas.
—Lo conocí en la clínica, hace tan solo tres semanas. Hemos estado saliendo a pasear a los perros al parque y no ha pasado nada entre nosotros. —Pronuncié lo último con resignación.
—Pero pasará.
—Dices lo mismo que mi nana. No, no somos nada y no seremos nada. —Intenté grabar esas palabras en mi mente.
—¿Te estás escuchando? Si yo no llego a aparecer algo más hubiera pasado entre vosotros. —Me sonrojé.
—Pero no pasó y punto.
—Está bien, no diré nada más. Solo recuerda mis palabras. Yo nunca me equivoco. —Señaló mi frente con su dedo índice. Gruñí.
—Como tú digas… Dime, ¿qué te trae por aquí?
—¡Ah sí! —Gritó efusiva. —Tengo algo que proponerte y no podrás resistirte.
—¿Qué es?
—Ven, te lo diré dentro. —Tiró de mi brazo hacia el interior de casa.
—¿Recuerdas la discoteca que hay en la playa norte? —Preguntó emocionada.
—Sí, hemos ido un par de veces.
—Bien, hace poco han cambiado de dueño y para atraer de nuevo a la clientela están preparando una fiesta de disfraces.
—¿Disfraces?
—Bueno, en realidad se llama la noche temática. El tema elegido fue una noche de terror.
—Eso se suele celebrar el treinta y uno de octubre.
—Lo sé, lo sé. Pero ellos han adelantado el acontecimiento. Puedes ir disfrazado de lo que quieras, pero el tema principal será el terror.
—No lo sé Alice, sabes que no soy muy amiga de los disfraces.
—Será divertido… Por favor Bellita, por favor. —Hizo su típico puchero mientras me miraba con los ojos del gato de Shrek.
—Pero…
—Por favor, por favor…
—Está bien Alice. No puedo resistirme a esa mirada.
—Eres la mejor. —Se lanzó a abrazarme. Reí. —Tengo un catálogo de disfraces. —Rebuscó en su bolso.
—¿Sabías que terminaría aceptando verdad? —Entrecerré mis ojos.
—Solo soy una mujer precavida. —Extendió varios folletos en la mesa.
—Bien, tenemos zombi.
—No, es horrible. —Reímos.
—Traje uno de bruja, pero creo que es demasiado típico.
—Es verdad, demasiado repetitivo. —Asintió.
—En la tienda me enseñaron el de niña del pozo, pero es muy hortera.
—No me gusta.
—Morirás con este. —Me sonrió traviesamente mientras me enseñaba la imagen del catálogo. —Este es perfecto para ti. Serás una diablesa increíble.
—Déjame ver.
—Toma.
—¡Alice! Si a esto no se le puede llamar ropa. Es tan solo un minúsculo trozo de tela. —Observé la imagen con atención.
—Bella, no me seas santurrona. Es perfecto.
—No pienso llevar eso.
—Isabella Swan, eres una aguafiestas.
—Pero…
—Venga por favor. Demuestra lo que llevas dentro. Te comerás el mundo con ese disfraz. Además, solo es por una noche.
—Yo no sé si…
—Vamos Bella, el mío y el de Rosalie es muy parecido.
—¿De qué iréis vosotras? —Pregunté mientras cogía nuevamente el folleto.
—Yo elegí uno de policía. —Simuló disparar al aire. —Y Rosalie se decidió, después de la insistencia de Emmet, por el de quarterback.
—Parecen muy formales y ninguno es de terror.
—Créeme, no son nada formales. —Sonrió. —Es una fiesta de adultos Bella, nada de castidades. Los disfraces tienen que ser atrevidos obligatoriamente.
—Está bien, me has convencido. Me quedo con el de diablesa. —Alice dio palmas, totalmente alegre.
—Lo pasaremos genial, ya lo verás. —Recogió rápidamente todos los folletos y los metió desordenadamente dentro de su bolso.
—Falta una cosita más.
—¿El qué?
—Lo bueno es ir en parejas.
—Pues entonces adiós. Yo no tengo con quien ir.
—Lo he estado pensando y… Bueno… Se me ocurrió una idea ahora.
—¿Qué idea?
—Puedes ir con Edward. —Me atraganté con mi propia saliva.
—¡¿Estás loca?! —Prácticamente chillé. —No, claro que no.
—¿Por qué no? No es tan raro. Me has dicho que sois amigos, bien, invítale. Solo es una fiesta. —La miré con furia.
—Exacto, somos amigos. Tú acabas de decirlo, es una salida en parejas.
—Vamos Bella. No conseguirás avanzar nunca si te cierras siempre. No respondas a todo con una negativa.
—Soy realista Alice. Él no querrá ir conmigo a una absurda fiesta.
—No puedes saber eso. Inténtalo, solo inténtalo. No pierdes nada con ello.
—Puedo dañar todo con esa idea.
—No es como si te le fueras a declarar. Solo es una fiesta.
—Pero…
—Lo dejaré a tu decisión, es cosa tuya. Pero Emmet y Jasper irán enconjuntados con nosotras. Eso solo lo hará más divertido.
—Alice… —Me quejé.
—Vamos Bella, aparca los miedos a un lado, deja el pasado atrás. Sé que es duro porque no tienes una buena experiencia. Pero hazte a la idea de que no va a ser igual con él.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Intuición. Sí yo creo en que todo esto saldrá bien, ¿por qué no lo haces tú?
—Porque tengo miedo de que me rechace.
—Enfronta los miedos, no te dejes vencer.
—Intentaré llamarlo.
—¡Esa es mi Bella! —Se lanzó a abrazarme.
—Gracias enana.
—Sabes que tengo un don para estas cosas. Él aceptará ya lo verás. Nos vemos el sábado por la noche. Adiós. —Dio un beso en mi mejilla y después se marchó.
Me quedé totalmente confusa sentada en el sofá. No sabía que hacer. ¿Lo llamaba?, ¿sería lo correcto? Sentí mi cabeza explotar, necesitaba respuestas y no sabía de donde obtenerlas. Lo único que tenía claro es que la idea de ir a una fiesta junto a Edward era de lo más excitante. Me parecía una idea increíble, sería fantástico poder ir junto a él. Sonreí en la soledad de mi salón. La confianza que Alice poseía se había impregnado en mi ser, haciendo que estara absolutamente segura de lo que haría.


Hello People! :)
Ya les dejo el nuevo capítulo. Ohh, Edward y Bella tienen cada vez más contacto. Ya ven, ya empiezan a sentirse atrapados el uno por el otro.
Espero que les guste y me dejen su opinión.
Kisses!
By: Crazy Cullen.

1 comentario:

  1. Es que siempre me dejas con el pero...
    eres malvada , muy muy malvada, creo que eso de dejar a la gente con las ganas me gusta mas hacerlo yo a que me lo hagan jajajajaajaj
    pero bueno, el capitulo fue genial
    como el vuelve a por sus gafas , pero creo que solo para verla de nuevo y ella se lanza a recogerlas y al salir, BAM!!! las tetas al aire, jajajajajaja, lo que me he reido, ajajajajaj
    y lo de jugar a las cartas, muy bueno,yo tambien he jugado de vez en cuando al burro, ajajjaajajajaajaj
    y despues cuando se van justo a besar llega la intromisora de Alice y les corta el beso, es que la escena de ver a Edward resoplando y dejando caer sus brazos me la he imaginado enterita y con detalle, ajajajajjaj
    muy buen capitulo y ni se te ocurra decir nunca mas que no lo haces bien, porque no tienes nada que envidiar a nadie, escribes de maravilla, haciando que el lector se imagine escena por escena en su mente, cariño eso es lo importante ¿sabes?
    Un beso que te quiero mil
    Irene Comendador

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